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Literaria

El padre de un estilo

Me estoy refiriendo al «realismo mágico», un movimiento que comenzó siendo literario y pictórico y que debe su nombre, en principio, a un crítico de arte alemán, Franz Roh con el que describía una pintura que exhibía una realidad alterada, aunque la primera vez que se le dio nombre de forma directa fue en un ensayo, El cuento venezolano de Arturo Uslar Pietri, en el que llegó a nombrarlo como forma alternativa o quizá no encontrando otra forma de definirlo: «… una adivinación poética o una negación poética de la realidad. Lo que a falta de otra palabra podrá llamarse realismo mágico».

Han sido muchos autores los que se han destacado en esta forma de escribir, propia, sobre todo, en las décadas de los 60 y 70, el uruguayo Horacio Quiroga, el peruano Mario Vargas Llosa, el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, , el colombiano Gabriel García Márquez, el mexicano Carlos Fuentes, Álvaro Cunqueiro, español, como digo muchos son los autores que podríamos encuadrar en este estilo, algunos tan solo por obras sueltas, pero por encima de todos ellos y seguramente el menos prolífico, está el que se puede considerar padre de este estilo, mejor dicho de esta forma de escribir y de decir las cosas. Me estoy refiriendo al mexicano Juan Rulfo. De él han hablado, y muy bien, autores como Borges o García Márquez.

La poco extensa obra de Rulfo, apenas dos novelas y unos cuentos, se hace enorme cuando nos encontramos con su narrativa en la que los personajes ni se mueven, no actúan, hacen reflexiones y expresan lo que dicen sus conciencias. Los ambientes y los mismos personajes carecen de ubicación, característica muy común en este estilo en el que se fundan poblaciones ya míticas en la literatura: Macondo o Comala (la primera de G. Márquez, la segunda de Rulfo), aunque más de uno las ha querido ubicar de forma persistente, en los pueblos natales o de adopción de ambos, Comala es San Gabriel y Macondo en Aracataca, sin que yo tengo muy claro si esto es así o es solo una forma de darle una vuelta más a un tornillo que no debería ni enroscarse.

Lo importante de todo esto no es dónde están, ni cómo son, lo mismo que los personajes, sin rostros ni color, pero muy bien definidos en cuanto a sus pensamientos y acciones. No quiero dejar este escrito sin transcribir algo de lo escrito por este hombre, para mí, uno de los más grandes:

«Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. “No dejes de ir a visitarlo -me recomendó. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.” Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.» (Frag. de Pedro Páramo.)

Ni más, ni menos.

 

 

Lidia Cruz