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Literaria

La angurria de los lunes

 

Ayer fue lunes, eso pasa cada siete días y son todos iguales, lo único que cambia es la fecha que le toque en el calendario, el mes y, claro está, el año. Pero eso es lo único que los diferencia, por lo demás son calcos unos de otros. No pasa solo con los lunes, pasa con cada día de la semana, pero no sé por qué, el lunes es el que más se presta a estos pensamientos tontunos y melancólicos. A lo mejor es porque son de color marrón tirando a claro y huelen a ruidos en el portal… yo qué sé. Fue lunes, todo lo que me ocurrió fue decirlo y como por ensalmo se me empiezan a venir a la cabeza cosas raras: una cartera de cuero que huele a bocadillo de chorizo, llena con un cuaderno de dos rayas, la Enciclopedia Álvarez y un plumier con dos lápices despuntados y uno que me afiló mi abuelo con la navaja de vendimiar.

La culpa de estos pensares es del lunes sin lugar a dudas, porque persistente me sigue trayendo a la memoria cosas raras que viéndolas desde del balcón de ahora me hacen sonreír, pero si me cambio de cuarto y me voy al balcón de aquel entonces, me duelen, porque los sabañones en las orejan dolían y la boqueras de gorriato también. Y como sigue siendo lunes me doy el lujo de pensar cosas así.

Ya no hay niños con boqueras ni sabañones, ni carámbanos mañaneros, ni velas verdes eternas, esas que te hacían preguntarte: «¿cómo dura tanto un moco bajo la nariz?» debía ser algo congénito porque siempre las llevaba el mismo.

Este lunes también me trajo la memoria de lo que nos hacían hacer y en lo que eso nos convirtió. Orden, silencio, obediencia, sumisión, credulidad, no cuestionar, eso, en teoría nos convertiría en seres de bien, adecuados para la sociedad en la que nos tocará vivir.

Pero algo falló, ningún lunes es eterno, ningún tiempo dura más del que se le tiene asignado y si ese tiempo se ha dedicado a incubar mentiras menos aún. Los que fuimos criados de esas ubres, no sé el porqué, hemos salido respondones y disconformes, cierto es que no en la medida de levantarse sin pedir permiso o hablar sin levantar la mano, el nivel de revolución que tenemos es el de poder elegir la cadena de televisión, permitir que los curas se vistan de paisano y los más extremistas, casarse solo por lo civil, sin saber los pobres que esa boda no vale y por eso les salen niños tontos o se separan sin ninguna clase de bendición, triste destino el del que tiene poco conocimiento.

Y sin darme cuenta, pensando y pensando, ya se acabó el lunes. Tendré que esperar siete días para que me entre la angurria de nuevo. A ver si esta vez me entero de por qué nos sacaban al patio con un frio que te rejilaba las piernas, nos estiraban los brazos y nos hacían cantar no se qué de una camisa nueva.

 

Pedro Cuéllar