Las ranas que saltan hacia atrás

En el papel macilento había garabateado lo que debía ser un número de teléfono y en una esquina una marca de carmín con forma de labios, lo más seguro es que fuera un beso, o al menos esa forma tenía y creo que de la dueña del número. No recuerdo cómo llegó ese papel a mis manos, ni lo que significa, ni de quién es, solo sé que esa persona en algún lugar me estaba esperando y eso me consumía porque no quería imaginar que además estuviera llorado por mí. Todo habría terminado bien tras ese encuentro con el papel macilento olvidando más de lo que no recordaba, pero el destino no me dejó, esa noche le puse cara a la dueña del beso y como fue en un sueño la idealicé, me convertí en la rana que debía ser besada para convertirse en príncipe. Para desgracia mía no fue así y el sueño terminó de forma abrupta, tanto que solo recuerdo su cara y no sé ni tan siquiera su nombre y como los sueños son impredecibles y extraños, la rana, que era yo mismo, enfada por no recibir el beso transformador, saltó hacia atrás, y lo hizo con tanto ímpetu que pareciera que voló lo mismo que un halcón. Tan grande fue el salto que no solo se atrasó en el espacio, también lo hizo en el tiempo y cuando se quiso dar cuenta era un pequeño renacuajo que movía la cola en un sucio y diminuto charco porque no tenía otra cosa que hacer.

Cuando la realidad volvió a su sitio, me di cuenta de que aun terminando en un charco como un renacuajo, fui feliz. En mi sueño no confundía las cosas como ahora y me entró una pena de congoja tan honda como la que todo importa nada, y despierto me empeñé en saltar hacia atrás como la rana que necesita un beso. Esto, desde el día que soñé eso, me pasaba a menudo, si no a diario, por lo menos dos o tres veces por semana hasta que ocurrió de nuevo: soñé con el mismo papel, con la marca del beso y con el número de teléfono. Avisado como estaba por las veces que sufrí la pena de congoja, memoricé el número y cuando desperté llamé de inmediato. «El número marcado no existe» decía una voz metálica o grabada por alguien que no entendía lo que se sufre cuando te dicen eso. Así pasó una vez tras otra y en todas saltaba hacia atrás como la rana solitaria que esperaba un beso, y cuando el tiempo pasó supe que así es la vida, un ir y venir de lo que se tiene a lo que se desea, una realidad que nunca es la que soñamos, un beso pensado que nunca llega, un cansancio extremo de tanta espera y un salto hacia atrás cada vez más corto, hasta que un día ya no te mueves y eso puede ser por dos cosas: o estás muerto o encontraste a la dueña de los labios marcados en el papel macilento. Espero que sea la segunda.

Pedro Cuéllar