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Literaria

No pisar el agua (parte 4)

Por pura intuición, sin malicia aprendida, comprendí que la única forma de conseguir lo que quería era la insistencia, aunque para ser sincera, jamás lo hubiera conseguido si no fuera por la milagrosa aparición de la madre de don Luis Alfredo. Cuando me la presentó, su nombré me sonó a cuento de princesas antiguas:  Muireann Hilschner O´Connor.

—«’Mar blanco’ significa mi nombre, me lo puso mi madre para llamarme igual que una sirena encontrada por un pescador y que se transformó en mujer cuando se enamoró y pisó tierra» —lo decía con orgullo, despreciando la humildad.

Era una mujer pequeña, rubicunda de mil pecas, ya debía estar en edad, sin embargo, destellaba una fuerza contagiosa y casi sobrenatural. Llegó por navidades en un vapor de pasajeros que dos veces al año hacía escala en todos los puertos, daba igual grandes que pequeños, en los finales de las primaveras y por estas fechas. De las pocas veces que oí a Augusto decir algo con otra cosa que no fueran los ojos, fue refiriéndose a ella:

—«Viene todos los años a ver a su hijo, no quiso quedarse porque dice que para vivir necesita primero aire, después el verde de su pueblo y después a su hijo»

Aunque fuera un comentario tan exiguo yo me encandilaba, hablaba tan poco que cada vez que lo hacía para mí era como el día de la virgen del Carmen o el de San Elmo. A lo mejor por agradecimiento, pero ya desde el comienzo, esa mujer fue para mí una bandera. Andaba tiesa, veloz y digna, nada que ver con el andar enlutado y curvo de las de aquí y vestía siempre con vivos colores a pesar del frío navideño. don Luis Alfredo nos hizo acompañarlo a recibirla, a mí por querencia y a Augusto para cargar con los bultos de la forastera, bien hubiera podido ofrecer a Platerilla que de la indolencia se estaba engordando, pero ya me convenían las cosas así.

—«Minita no te asustes de la forma de hablar de mi madre, aprendió del mal hablado de mi padre y ni yo, ni el obispo de Dublín conseguimos arreglarlo».

Enseguida nos acercamos las dos, muchas tardes nos contaba historias de su tierra y cuando se cansaba o se apenaba por la distancia, nos mandaba a pasear por la playa. Para mí era como si fuera el destino, sin quererlo, desde la tita Edu hasta doña Muireann, nos empujaban al abismo del que después nos querían salvar. Con la confianza que le daba sabernos primos hermanos y sin saber aún de nuestra relación, me decía a menudo:

—«Si fuéramos igual que los cabrones de los ingleses te podrías casar con mi Luisito». —Después, y sin cambiar el tono melancólico, volvía a rememorar cosas antiguas, intercalando comentarios, con la sabiduría que da la ancianidad:

—«…En aquellos tiempos, muchos se fueron a las Américas, otros murieron por la peste de la patata y el resto aprendimos a vivir de la ensoñación del libertinaje, en vez de la responsable carga de la libertad, matando ingleses». —Después nos miraba y apostillaba.

—«Aunque está en los mandamientos no matar, no sé en qué año hubo una bula papal para que se quedara en pecado venial si de ingleses se trataba».

Y se persignaba. Yo no la entendía del todo, pero me aterrorizó cuando me lo explico don Luis Alfredo:

—«Está hablando de matar ingleses allí donde los encontraran».

También me sorprendió que él, siendo cura, lo dijera tan tranquilo, supuse que se crió en esas. Terminó de caerme definitivamente bien cuando se puso de mi parte en mi lucha por salir al mar.

—«Si tu madre fue capaz de capar a un jodido ingles ¿cómo Minita no va poder faenar en un barco?» —se lo decía a su hijo.

Augusto terminó por aceptarlo porque asentía, no sé si por convencimiento o por interés para que nos despachara rápido a la playa y mirarme las piernas. De cualquier forma, a la semana siguiente, me subí por primera vez de marinera, con él y con don Luis Alfredo.

Madrugamos de rabia, que por lo visto era la costumbre para salir a faenar. No sé porqué me había imaginado yo que las cosas serían de otra manera, menos de verdad y más como en mis cuentos soñados, ahora sé que si no hubieran estado Augusto y don Luis Alfredo, a las primeras hubiera abandonado, por más que me hubiera tenido que comer las palabras y el cadejo que monté. De camino al puerto Augusto se quitó la zamarra y me la puso sobre los hombros, en los dos segundos que me miró se podrían haber escrito tres o cuatro Quijotes, la verdad es que desde la playa llegaba  un frío húmedo que te hacía rejilar las piernas y eso que tita Edu, convencida a medias gracias a su admirado don Luis Alfredo, me hizo ponerme dos pares de leotardos de niña chica debajo de los pantalones impermeables de un Augusto niño que eran los únicos que pudimos encontrar de mi medida.

—«Una cosa es esta locura y otra llamar la atención con la vestimenta» —dijo la tita, seria y a medio enfadar mientras me los probaba. A mitad de camino entramos en la taberna de Guadalupe Quinta, por suerte nadie reparó en mí. Nos acercamos a un don Luis Alfredo que por el vestuario no reconocí en principio, y nos sentamos. Augusto trajo un cuartillo de anís y a mí un vaso de leche recién ordeñada. Recuerdo que me acerqué a su oído y le dije:

—«Yo también quiero de eso, ya que lo hacemos lo hacemos bien». —Y me volvió a asesinar con la sonrisa mientras se levantaba para traer un vaso. Achispada por las dos copas y saturada de sensaciones, cuando me di cuenta ya estábamos en medio de nada. No sé si me escuchó madre pero un escalofrío le debió recorrer el espinazo porque se lo dije a ella.

—«El mar habla madre, no ronca». —Ese fue mi primer pensamiento y mi primer recuerdo.

A partir de ese momento el talante de Augusto fue cambiando, al menos cuando estábamos en alta mar o cuando yo pisaba el agua para él, en tierra no tanto. La gente le suponía, por escasas, aunque yo sabía de cierto, del poder de convencimiento de su sonrisa.

—«Es como si se encendiera una luz» —solía decir Margarita Cifuentes, la única medio amiga que tuve hasta que se le fue la cabeza, y reconozco que más por intereses que por cariños. Por culpa de ella, doña Muireann, descubrió nuestro secreto y nunca más nos mandaba a la playa tras las charlas vespertinas, aunque no es que estuviera realmente en contra, era mujer de sensaciones, nos miraba con los ojos agazapados y nos decía:

—«Iros por  el pueblo, no pisar el agua, al menos juntos».

Nunca le pude sostener la mirada cuando decía esto y odié a Margarita por ello. Yo sabía de los desvelos ocultos de ella por Augusto. En febrero, por carnavales, siempre se disfrazaba de él y nos perseguía allá donde fuéramos, diciendo las tontunas que suelen decir los enamorados secretos. Yo, al ser prima hermana, no era enemiga frontal, al menos así lo pensaba ella, de manera que me aproveché para mantenerla lejos con mil y una intrigas, cuando se dio cuenta de la realidad ya era tarde para ella. Dejé de contar las veces que me confesé a sabiendas de que hacía mal.

—«Lo gracioso de las confesiones no está en pecar cada vez que te venga en ganas Minita, sino en enmendarse para no recaer» —don Luis Alfredo me decía esto en el barco, en la iglesia, y según su costumbre, me aconsejaba de las mejores posturas para no sufrir de la espalda recogiendo las redes. Yo bajaba la cabeza, pero por dentro, mis pensamientos no eran de arrepentimiento.

Tanto es así que en un acuerdo tácito —tratándose de Augusto no podía ser de otra manera— decidimos que el destino hiciera lo que le viniera en gana, de todas formas no se nos estaba permitido ser codiciosos con nuestra relación, el escándalo y la desgracia hubiera alcanzado cotas casi de guerra civil. Entre nosotros era diferente. Un día, en la primavera, al bajar del barco me dice:

—«No me gusta verte entre tanto hombre, aunque sean curas y marineros maricas».

Le contesté con una esperanza interna.

—«¿Me lo vas a prohibir?».En cierto modo deseé que lo hubiera hecho, me habría sentido más suya, pero solo me miró y no dijo nada, al cabo de un rato y antes de llegar a casa se ve que algo se le quedó dentro.

—«Por muchos pantalones que te pongas yo sé lo que hay debajo».Y entró como si nada, dejándome en la puerta en medio de una pelea encarnizada, ya perdida de antemano, con mis sensaciones.

 

Pedro Cuéllar