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Literaria

No pisar el agua (parte5)

Ese verano, Indalecio Trujillo se fue. Un día dejó de oler a forastero que viene del mar y en medio de fiebres calenturientas y de una pestosa colerina se murió como había venido, sin abrir la boca ni para pedir perdón cuando don Luis Alfredo le dio la extremaunción. Movió la cabeza asintiendo y eso fue lo último que hizo en su silenciosa vida. Para el entierro vino madre que como viuda más antigua tomó las riendas de la situación. Vistió a tita Edu de negro rabioso y la desmelenó para que se viera el sufrimiento. Que Dios me perdone, pero en aquel momento mi miedo era que madre se diera cuenta de mis andanzas, cosa que ocurriría sin lugar a dudas en cuanto se despistara de las obligaciones fúnebres y me echara un ojo encima, así que me apartaba de Augusto cada vez que la ocasión nos juntaba más de lo debido, sin darme cuenta de que esto es precisamente lo que la hizo sospechar. Por suerte, de camino al cementerio conoció a doña Muireann que decidió quedarse el año entero, sin saber en aquel entonces, que para nunca más volver. Madre decidió quedarse hasta que la tita estuviera mejor. Dormíamos las tres juntas y Augusto en el cuarto que compartiera con el difunto. Como si de un marquesito se tratara, le dio por acostumbrarse a que lo despertara, costumbre que mantuvo el resto de sus días, por suerte y gracias en parte a doña Muireann, a madre se le disolvieron de la cabeza cualquiera de los muchos pensamientos extraños que, mirándolo ahora, provocábamos. Ambas tenían la misma edad, año más o menos, porque a ninguna se le torció el alma para decirla, pero por lo que hablaban y cómo se entendían debían andar cercanas. Fue la única vez en mi vida que escuché a madre hablar de amores:

—«Más que añorarlo a él, añoro su olor a mar, hacía que me sintiera como una sirena».Juntas presumían del tiempo que llevaban viudas y de lo mucho que quisieron a sus respectivos, además de las castas soledades que a lo que se ve ambas se impusieron, siempre en favor de unos hijos que, según ellas, a la vista están.

—«Pues qué lástima que tu Luisito sea cura porque hace buena pareja con mi Carmina».

Las ganas de casarme de madre la llevaba muchas veces al límite del desespero.

—«Si hubiéramos nacido en Manchester pues daba igual, pero nosotros somos de Dún Laoghaire y esto allí ni se piensa, además ella ya debe tener los ojos puestos en algún muchachote». —Y me miraba de forma que se me atragantaba el espíritu y  me provocaba sudores fríos de muerte. La sabiduría febril de doña Muireann parecía no tener fin.

Una pegajosa tarde de calor extraño  las encontré afuera, bajo la sombra llorona del sauce de la iglesia. No me vieron de tan absortas que estaban en una de las muchas conversaciones que tenía con madre.

—«La gente es muy difícil, por eso lo sé a ciencia cierta, en este mundo para cada uno hay una pareja asignada y por muchas vueltas que le demos, todo son infidelidades y encontronazos hasta que la encontramos, el buen Dios de Roma así lo dijo más de mil veces, por eso hay tanta fea casada, y si no ¿de qué?». —Y se acomodaba la falda de colores en señal de buen juicio y compostura cristiana irlandesa, más caustica, pero también más liberal que la de aquí.

Con madre deambulando por casa y mercado, el único respiro que teníamos era el camino al barco en la mañana, porque a la vuelta don Luis Alfredo se venía con nosotros para recoger a su madre, hasta que una plomiza tarde de siesta de hamaca, se dejó caer desmadejada en su sillón de lectura, sin libro y sin historia que contar, tan solo le comentó a su hijo:

—«No me duele nada pero estoy tontona esta tarde».

Esa misma noche murió, agonizó poco y el rato que lo hizo fue con sus eternos delirios de matar ingleses. A partir de ese día, a don Luis Alfredo se le veía con una tristeza ovejuna y muy solitaria de la que nunca se recompuso, no nos dimos cuenta de que se le había ido una parte de la razón. En una ocasión, en las pocas veces que le alumbraba la lucidez, me dijo:

—«Me arrepiento de todo Minita, no hay nada peor que ver llegar el barco de la vida al puerto y arrepentirse —después me miraba con ternura—, no dejéis de pisar el agua, a lo vuestro, que le den por culo a los remilgos y a las pavadas».

Y se volvía a enredar en la nebulosa de la sinrazón.

En mala hora le llevé un cuento que cayó en mis manos y que nunca leí, La pasión caribeña de Feliciano Ponce, desde que lo leyó, su vida cayó en un trance irreversible, todo lo hacía a la cubana, lo mismo que el tal Feliciano: se vistió de mar caribeño; hacía arroz y papas con carne a la cubana; se las apañó para que un barco le trajera de allende, guanábana, mamey y mango y se la pasaba cantando sones. Cuando murió el obispo viejo y llegó el nuevo, comenzaron a contarse para atrás las horas de don Luis Alfredo. Este no le tenía querencia alguna y tras uno de los arrebatos folclóricos-cubanos que solían darle lo llevo, para dejarlo allí, a la trágica casa de salud en las afueras de Monterroso, en medio de un paisaje montuno, alejado del mar que lo mantenía en vilo y medio vivo.

«Mejor que acabe allí sus días, si no en paz, lejos de una realidad que ya no le incumbe».

Desde entonces, ni Augusto ni yo volvimos a poner un pie en el edificio rojo, primero porque sin don Luis Alfredo nada se nos perdió allí y después para demostrar el encono interno que le teníamos al imbécil del obispo nuevo.

La familia Galán-Hilschner terminó ahí y el único consuelo que me quedaba cada vez que pisaba el agua también. El cura nuevo no le llegaba ni a la suela de las sandalias, no le gustaba el mar ni el pescado, y era tan enojosamente normal que en la misa hablaba de Dios y sus cosas y, claro está, la gente se aburrió y dejó de ir. Se la pasaba en la taberna de Lupe Quinta bebiendo aguardiente y jugando a las cartas.

—«Si no es con esto cómo narices aguanto esta peste bíblica que hay a mar y a pescado seco».

Es lo que contestaba cuando Lupe, temerosa de algún castigo divino por emborrachar a un cura, le pedía que parara de tanto trago y tanto envite. Nada que ver. Al tiempo, Lupe sacó su carácter y me confesó:

—«Muchas veces, cuando se apagaban las luces de los ventanales, lo teníamos que llevar a casa entre mi marido y yo, borracho de aguardiente y con cara de desespero, si no hubiera sido cura más de una vez nos entró ganas de tirarlo a la ría y aquí paz y después gloria». —Y se sacudía las manos como el que espanta a la harina después de hacer pan.

Sin don Luis Alfredo a nuestro lado y sin las historias de doña Muireann, Augusto y yo compartíamos hasta nuestras soledades, si bien, para el resto del mundo entre los dos lo que había eran silencios, pero nada de eso era cierto. Desde las madrugadas cuando iba a despertarlo, el tiempo que pasábamos en el barco, las idas y venidas a pecar en la playa, hasta que nos separábamos para dormir, las conversaciones entre nosotros eran continuas, aunque con los ojos y los aromas, y ahora sé que no hay fuerza mayor entre dos personas que la de entenderse sin decir nada.

Un día glorioso de mala pesca y al volver quise animarlo y pisé el agua de firme, le dejé mirar mis piernas tanto como quisiera, jamás se me hubiera pasado por la cabeza lo que hizo después, me tomó por los hombros, me atrajo hacia él y me besó, el tiempo se humedeció tanto que las gaviotas se posaron extrañadas, la culpable de esas humedades fui yo. Augusto sabía a mar lejano, como debía saber su padre. Cuando se separó, lo que me dijeron sus ojos hizo que me ruborizara, después me tomó la mano y no la soltó hasta que dejamos la arena para entrar en la vorágine perdida de casas y gente. Lo que había que decir, el silencio ya lo había dicho.

Una mañana se amaneció presagiosa, el mar estaba extrañamente picado sin que hubiera ni viento y en el ambiente se notaban desdichas de barro seco. Tita Edu abrió las ventanas y las puertas de la casa de par en par, lo hizo despacio, con la mirada errática y confusa, como si estuviera ida. Yo acababa de despertar a Augusto que aún se peleaba con la modorra y los pelos de loco que siempre saca por las mañanas. El salitre del mar entró en la casa a su antojo y se asentó en todo lo que encontró a su paso: en las maderas viejas de los alfeizares; en los culos grasosos de las ollas; en los cuadros viejos de las paredes; en las barbas blancas de la foto sepia del abuelo; en el imperturbable y persistente silencio de Indalecio; en la sonrisa cómplice y picarona de mi madre cuando era joven, vestida de tul y rasos y lazos y flores bordadas a mano y resbaló, sin quedarse, sobre la foto que nos encargó don Luis Alfredo a Augusto y a mí el día que subí al barco por primera vez. Todo se impregnó de sal y de humedades marinas.  Ella atravesó la sala que lleva al porche de atrás, a lo mejor por la costumbre, porque allí estaban los geranios y las begonias que regaba a diario hasta pudrirlas y donde se sentaba a coser por las tardes bajo el loro de madera de colores que Indalecio le trajo de alguna selva imaginada. Iba vestida con el camisón de su noche de bodas, la apariencia es que nada iba mal, pero a los dos nos dio por el cuerpo la premonición patibularia de que se le acabaron las ganas de estar viva, de repente se puso a hablar de don Luis Alfredo y lo confundía con los olores de su marido y en pocos días nos dimos cuenta de que de su cabeza ya se habían ido hasta los olvidos. Embarbascaba los asuntos hasta tal punto, que una mañana se me puso delante, desmelenada como en su luto y vestida con el camisón arrugado y envejecido porque no se lo quitaba nunca.

—«Ve a despertar a tu marido que se hace tarde».

Y siguió a sus cosas, en su mundo raro y encordelado de sinrazones. A mí me dejó de primeras una impresión como la de escuchar campanitas de querubines un domingo de verano; sin embargo, no pude por menos que azogarme por venir de quien venía la cosa, ese fue el comienzo de las preocupaciones reales de Augusto y mías. De hecho nos empezó a pasar lo mismo que le pasaba a don Luis Alfredo cuando aún tenía en su cabeza asentada la razón de los bien bautizados, en el barco hablábamos de las cosas de casa y en casa de cómo nos la íbamos a apañar para salir adelante con el barco encallado en nuestras espaldas. Y pesaba, hasta tal punto que por un tiempo no pisamos el agua, ni me vio las piernas, ni me prestó la sal de su beso, solo el salitre que ya corroía hasta la nervadura de las vigas y todo porque a tita Edu no se le iba la manía de espatarrar la casa cada mañana en camisón de bodas. Fueron tiempos duros, casi le cogimos manía al mar, incluso volví a llamarlo agua, como cuando estaba viniendo de mocita pura y virginal.

Pedro Cuéllar