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Literaria

No pisar el agua (y parte 6)

—«Parece que ya ha pasado un siglo» —le dije a Augusto una tarde que tita Edu nos dio recreo porque se quedó dormida bajo el loro de colores, me miró de esa forma que miran los marineros cuando las aguas no le son propicias: con un halo de tristeza y desamparo que me levantaba los instintos de madre sin haber parido, ganas me daban de llenarle las redes de peces yo misma, de uno en uno si hubiera hecho falta.

—«Vamos, hoy pisaré el agua para ti» —le dije y sonrió melancólico y me siguió obediente a pecar contra la sangre.

Un año entero estuvimos conviviendo con estas calamidades. La más atroz de todas fue cuando madre vino a quedarse, ya estaba envejecida, no tenía la fuerza de viuda antigua que la trajo la otra vez, se sentaba bajo el árbol que compartía con doña Muireann, hablaba con su fantasma que aún vestía de vivos colores y se fue como ella, solo que sin los delirios de matar ingleses, le dio por decir que se convertiría en sirena en cuanto oliera los aromas a mar brava de su marido. No dejamos ir al entierro a tita Edu porque no hubo forma de quitarle el camisón.

—«Si aparece Indalecio y me ve sin él me mata» —decía desde su nebulosa.

Y se abrazaba a sí misma con desespero y ponía morros de niña chica y endurecía tanto el cuerpo que pareciera mentira la fragilidad de anciana decrépita que aparentaba. Augusto me tomó de la mano en el sepelio, a nadie le extrañó, ni nadie se endureció de ánimos porque al fin y al cabo éramos primos hermanos, excepto Margarita Cifuentes que convirtió el amor en deseo, el deseo en ira, la ira en rencor y el rencor en odio.

—«A los infiernos sin mar, donde no hay pesca ni gozos, allí vais a ir los dos de cabeza» —nos maldijo en voz baja y disimulando el semblante para que todos creyeran que nos estaba dando el pésame y lo hizo con esa mirada dañina y perturbada que tienen las que son rechazadas de por vida. Augusto hizo algo que nunca más vi, a lo mejor por el desespero metido dentro o para quitarnos de encima el miedo que casi nos hacía naufragar, dio un grito tan tremendo que el bramido viajó a los montes de detrás del cementerio y el eco, de puro pavor, lo devolvió en forma de luciérnagas mudas, sin ruidos ni estridencias. Cuando volvimos a la casa, en ella y en tita Edu estaba asentada la tristeza de los sitios sin nietos que te revolotean las faldas. Poco más aguantó tita Edu la desdicha, tampoco nos pilló de sorpresa, ya sabíamos de su desprecio por vivir y sin delirios, ni alharacas se murió con el camisón de bodas puesto y abrazada a una foto de don Luis Alfredo al que confundió con Indalecio. Así mismo la enterramos. Con los lutos uno encima de otro, nos quedamos solos, con el loro de colores, las begonias, los geranios y un bordador pintado de verde que permaneció en ese rincón de por vida, hasta que la tela prendida con una I a medio terminar se cayó podrida por el salitre que nunca se fue del todo. Sin decidir nada los días se fueron pasando y  las cosas se hicieron costumbre y después forma de vivir. De puertas para adentro echábamos las trancas en las puertas y los pestillos en las ventanas, corríamos los visillos de encaje y no dejamos entrar al mar por los restos. Cerramos el dormitorio de Tita Edu y ya no tuve que atravesar la sala en camisón para despertarlo nunca más. Al tiempo, las aguas, lo mismo que la gente de Consuelos, se apiadaron de nosotros y las cosas comenzaron a esclarecerse, tuvimos que traer al barco otro marinero, no sé cómo se las apañó pero fue Margarita Cifuentes la que vino una mañana a donde Lupe Quinta, vestida con leotardos de niña chica como yo.

—«Aquí estoy yo, ya no busques más» —lo dijo con tanta determinación y le teníamos tanto miedo, que al mediodía ya estaba recogiendo redes como si fuera lo único que hubiera hecho en su vida; pero el odio no se le iba, hasta que un día, quizá por el encono de dentro sin salir, se puso a dar saltos por la cubierta como si se le hubieran metido ranas en la sangre, el último salto fue por la borda, con la buena fortuna que tienen los desesperados que fue a dar con sus huesos en las redes de babor. Cuando la recogimos estaba echando sapos rojos por la boca, embardunada de boquerones plateados, desde entonces no dejó de culparnos y juró no mirarnos aunque para ello tuviera que quedarse ciega,  no sin antes enviarnos una maldición pegajosa y pestilente.

—«A ver si os salen niños raros, con la cabeza de pescado y patas de pollo».

Ya comenzábamos a temer en serio cuando el destino se puso de nuestra parte. Una madrugada de aguas salvajes tuvimos que quedarnos en la taberna de Lupe Quinta hasta que amainara el tiempo, Margarita nos hablaba como si en vez de nosotros hubiera aire. Se le fueron subiendo los ánimos porque le dio por al anís y comenzó a vociferar cosas extrañas hasta que Lupe, harta de llevar al cura borracho a cuestas y dolida por nosotros, se le acercó y sin decir nada, le soltó tal bofetón de lleno que la dejó muda y enmorecida de por vida.

—«Como no dejes las tontunas de siempre, te tiro a la ría en vez de al cura».

Fue mano de santo. A la larga se convirtió en una de la mejores marineras que entró en el barco; pero no estaba en su destino ser feliz por los amores. Se enamoró de un italiano repipi que llegó a Consuelos en verano, afectado de belleza, olía a pachuli y hablaba como lo perros chihuahuas cuando se enfadan, pero el tal Lutharo Baccelliere, que así se llamaba, no pegaba mucho con una Margarita ruda y de leotardos en vez de encajes y se enamoró de la primera que vio repintada de colores y después se desenamoró cuando la mujer se lavó y se despintó para dormir con él. El «marica apestoso», como le decía Margarita, no soportó la sarta de maldiciones que ella le echaba cada vez que se acordaba de él y desde entonces se dedicó a vender cremas y potingues de belleza eterna a las mujeres, porque decía que eran la base científica y probada por sabios egipcios para el amor duradero y no esas paparruchas y martingalas de los poetas soñadores y ensimismados con la fealdad. Un día se fue con sus cuentos extranjeros a otra parte y Margarita se quedó sola y como muerta en vida, sin nadie a quien maldecir. Era normal verla por las tardes después de faenar, plantando petunias y flores salvajes en la arena de la playa.

—«Si hago un jardín de este estercolero marino de seguro aparece».

Nunca supo nadie quién tenía que aparecer, ni de dónde, si no hubiera sido por la buena labor que hacía en el barco, de seguro la habrían encerrado donde don Luis Alfredo. A mí no me parecía mal que hiciera lo que diera la gana, cada uno espera a sus amores donde quiere y como quiere, hartos nos tienen los libros de cosas peores que esas. El caso es que nos dejó definitivamente en paz.

No abrimos la vida ni la casa al aire salino ni a nadie, ni tan siquiera cuando decidimos traernos a don Luis Alfredo y sacarlo de la tragedia que se le cernía sobre los hombros en aquella casa infernal. Fue Augusto a recogerlo, cuando lo vi aparecer por la puerta ya no tenía en su cuerpo la pasión caribeña de Feliciano Ponce, ni la suya propia, ni el aplomo sereno del que habla con verdades, ni tan siquiera el valor de mirar a los ojos, como si la culpa de ser así fuera de él mismo. Los tiempos pasaron distinto para cada uno de nosotros, para él fue rápido y veloz, presuroso por llegar a su destino. Cuando me vio, una sonrisa tímida y profunda le iluminó la cara, alargó la mano y me tocó el rostro.

—«Minita, te eché de menos mi niña».

No me salían palabras, ni miradas que hablaran, me quedé mirando absorta a nuestro amigo y descubrí que la sinrazón de la que le acusaban no era tal, simplemente descubrió lo que vale la pena y lo que no.

—«No te preocupes Minita, vete a pisar aguas con Augusto, yo vigilo la casa en el nombre del Dios de los tarados, aún soy cura, loco pero cura».

Y se reía de su propia desgracia. La vida con don Luis Alfredo aquí, se volvió placentera y cómplice, él hacía la vida en el corredor de las begonias y los geranios, comía una vez al día y leía bajo el loro de colores todo lo que caía en sus manos, se iba a dormir siempre después de nosotros, entraba en el cuarto sin pudor alguno por si yo estuviera en camisón o aún peor, sin él, y nos lanzaba una bendición.

—«Por mí ya os habría casado, pero entre obispos cretinos y curas borrachos, me quitaron los poderes, la bendición me viene del latín que aún sé, así que hasta mañana…».

Y se iba después de hacer una confusa señal de la cruz al aire o lanzándonos el agua de un imaginario hisopo, dependiendo de lo que hubiera leído por el día.

Aún está en la casa con nosotros, perdió la costumbre de bendecirnos cuando la edad de los huesos importó más que los pecados de la sangre, de vez en cuando se acuerda de su madre, doña Muireann,  y haciendo alarde de cordura, muchas veces repite las mismas cosas que ella decía, «lástima  que por aquí no haya ingleses, ya tengo ganar de capar a alguno» y se acomodaba la compostura igual que hacía ella. Ahora los ancianos somos nosotros, nos luce el mar en los rostros y lo salado antiguo y blanco en los pies. Hace mucho que dejamos de ir a pisar el agua, toda nuestra vida ha sido compartir soledades entre la arena y el mar y a todos nos pasó lo mismo, el tiempo nos arrolló uno por uno y el mar nos fue recogiendo, desde mi amor de siempre con el primer y único hombre que me vio pisar el agua, hasta las petunias que nunca crecieron de Margarita Cifuentes, que cansada de esperar al ser invisible, una tarde decidió ir a buscarlo y nunca se más se supo de ella. El pueblo dejó de recordarla, por irse como se fue. Yo me la imagino andando bajo las aguas con los leotardos de niña chica, preguntando a las sirenas por su amor no correspondido, el que nunca hablaba y el que iluminaba todo cuando se reía. Me gusta recordarla así, viva y preguntona, al fin y al cabo fue la única casi amiga que tuve y lo mismo que a mi pureza, el mar se la llevó también.

Pedro Cuéllar