A aquellos maestros…

En el día del maestro recordamos a todos aquellos mentores que nos han dado educación, buenos recuerdos y las bases para ser mejores seres humanos. Pero en general no recordamos o preferimos ignorar a aquellos que nos maltrataron o incluso nos intentaron dañar. Hoy me dirijo a ellos.

Dia del maestro
Felicitaciones por el día del maestro.

A los maestros que no creyeron en mí:

En días especiales solemos recordar a quienes han tenido actos de nobleza con nosotros, nos han dado su amistad o, como hoy, día del maestro, nos han ayudado a nuestra formación.

Y en esos recuerdos también dejamos de lado a todos aquellos que de un modo o de otro nos han causado algún daño.

No me refiero a los profesores que nos hicieron la vida de cuadritos para al final felicitarnos por ser perseverantes, sino aquellos que se empeñaron en destruirnos, minimizarnos y hacernos menos; los que se esforzaron y lograron excluirnos de la educación formal.

Y si los malos momentos y quienes los provocaron están condenados al olvido ¿Por qué recordarlos, y precisamente hoy?

En mi caso, señores maestros, lamento mucho que el motivo de su exacerbado empeño haya sido algo tan banal como el no haber tenido dinero para sus cuotas.

Quizá nunca fui el mejor alumno, pues como todos, tuve fallos y traspiés. Sin embargo, creo que más lamentable que mis limitaciones personales y económicas, es la falta de vocación que como profesores tuvieron para poner el potencial de un ser humano por encima de su interés económico.

Pareciera que, como en el tango, quisiesen verme cuesta abajo como un paria que el destino, por ustedes determinado, se empeñó en deshacer.

Pero a la distancia, lo que debería ser un reproche, ya sólo lo veo como un episodio de mi vida, doloroso, sí, pero que, en su amargura, me dejó muchos y grandes aprendizajes, y a pesar de que bajo el ala del sombrero, tantas veces embozada, una lágrima asomada, yo no pude contener, como parte de mi vida, lo asumo y lo sigo cargando sin rencor.

Aprendí que puedo aprender de los maestros, pero no dependo de ellos para obtener conocimiento.

Aprendí que tengo la capacidad de aprender por mí mismo y de encontrar la información adecuada.

Aprendí que hay conocimientos que requieren práctica, y que hay gente, con título o sin el, dispuesta a enseñar con verdadera vocación.

Y sobre todo, aprendí que si la ira y el dolor ciegan, la serenidad y la voluntad nos hacen aprender de las lecciones y despertar las capacidades que desconocíamos y que teníamos dormidas.

Así que, por todo ello, pese a su intención de dañarme, no los felicito, pero les agradezco el obligarme a darme cuenta de que en mí reside la voluntad y la capacidad para aprender por mi cuenta, ya que el conocimiento no es monopolio del magisterio o de una escuela.

 

Atentamente,

 

El alumno en quien no creyeron.