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A la no sé cuantos va la vencida

Ella me lo contó así

—«Es difícil pasar por esto y no preguntarse el porqué. Mi espejo es un imprudente y a veces, casi todas, se le escapa la verdad en los reflejos. Aunque para ser sincera la mayoría de las veces no es su culpa, soy yo la que ve lo quiere ver y no lo que hay. La primera vez que me di cuenta de su imprudencia y de mi insensatez fue cuando me enseñó un moratón feo en el pómulo, el ojo se salvó de milagro, también fue la primera vez que de forma mágica cerré los ojos y cuando los volví a abrir, la dichosa mácula ya no estaba:

—”Son cosas mías. Sí, se le escapó la mano, venía bebido, pero después me dijo que me quería, un error lo comete cualquiera” —eso pensé en aquel momento, me dije que todos tenemos una primera vez en algo, yo tampoco soy una santa, de manera que no llevemos esto demasiado lejos. El silencio, ese será mi aliado, ya es malo estar así para encima pregonarlo a los cuatro vientos. Me quedé unos días sin salir, hasta que los síntomas se fueron y el espejo decía una verdad que ya no me dolía y que no tenía que cambiar y justo cuando izaba de nuevo el vuelo volvió a ocurrir. Ese día me vestí con mi mejor sonrisa y parecía que todo en mi vida iba a comenzar desde cero, por una vez creí que por fin iba a vivir al menos de forma decente, no pedía mucho, tan solo ser como los demás. Esta vez mi insensata imaginación tuvo que hacer esfuerzos titánicos para que la verdad del espejo se difuminara, sobre todo porque solo veía con un ojo, el otro se cerró por una hinchazón violeta, además del color, también me intrigaba el hecho de que en vez de doler en el sitio dolía como dos cuartas más abajo, justo en donde está el corazón: “es raro, en el corazón no me pegó, ¿por qué me duele?”. Ahora sé que estaba equivocada. Fue la segunda vez y volví a pensar que la culpa era de las copas, no de él. A medida que pasaban los días, los embustes que tenía que echarle al espejo se hacían cada vez más difíciles porque no me daba tiempo a reparar los desperfectos del anterior. “A lo mejor es que hice algo mal” —solía decirme a mí misma. También me decía que a esta va la vencida, pero tampoco sabía cómo parar esto y nunca me pregunté cómo terminará esta locura, de manera que me fruncí el cuerpo y me arrugué en un rincón, quería sonreír pero me dolía el labio, quería parar pero nada en mí se movía, ni la mente ni el cuerpo me obedecían, llegué a contar las horas para atrás y rogar para que la puerta no se abriera, pero siempre se abría».

Yo le contesté lo rápido que pude y le dije:

—«La fuerza que se usa contra la debilidad no es más que un claro síntoma de cobardía extrema, la no apreciación de la ternura es un indicio de que en realidad no nos queremos a nosotros mismos y descargamos la ira en los cercanos, la incapacidad de acariciar en lugar de golpear nos dice que no merecemos caricias y mucho menos cariño. No se puede luchar contra esto si siempre le damos otra oportunidad a la violencia, sea la que sea, el “a la no sé cuantos va la vencida” no debería llegar ni a la primera. Alejarse no es huir, denunciar no es castigar, desear vivir mejor no es egoísmo, querer ser feliz no es demasiado, es un derecho y pensemos que los que se interponen en ese camino, de una forma o de otra, no merecen estar entre las personas, sino entre los que actúan como ellos y aislarlos, en un esperpéntico zoológico en el que en vez de animales haya maltratadores. No conocen la fuerza de una sonrisa ni el poder de un beso, así que ¿para qué desperdícialos con ellos? Nunca debemos comenzar con un “pero…” o un “es que…” porque lo que viene detrás es una excusa, ni esperar el “a esta va la vencida”, ni por supuesto pensar que fuimos nosotros los que hicimos algo mal, nada de eso es cierto, la única verdad, la irrefutable, es que nuestra vida es tan valiosa y preciosa como la de la cualquiera, por mucho que algunos se empeñen en lo contrario y siempre es por lo mismo, porque las suyas no les gustan.