De Libros y Libreros

En donde vivo hay una mal llamada Curva del Miedo.

Pero no, no es una vía mal trazada donde habite alguna espectral chica de la curva avisando a los despistados de los peligros que acechan si conduces por cierto alabeo de asfalto.

En realidad se trata de una breve esquina que dobla hacia la derecha tras cruzar un pasillo cuyas paredes están cuajadas de libros desde el suelo hasta el techo.

Una vez se ha tenido el valor de franquearla y como si de una foto de Ansel Adams se tratara, se abre un paisaje de lejanas y escarpadas montañas formadas por libros de segunda mano, en un orden perfectamente caótico de agrestes picos, colinas, valles, y grutas con tanto misterio como historias ocultan sus paredes forradas de volúmenes al acecho, estos sí, de los despistados que se atreven a explorar sus entrañas.

Mi amigo Chencho tiene una librería de segunda mano.

O mejor, la librería de segunda mano tiene a Chencho, mi amigo.

Lo tiene preso como a un eremita que hubiese olvidado el camino que le llevó a su retiro voluntario.

Pero es un ermitaño tan afable como culto, cuyo corazón es más amplio que sus espesas barbas, tan profundo como su voz de pura madera noble. Noble como el arte que destilan sus manos cuando dibuja los clásicos de la literatura sobre el cartón de viejas cajas de fruta.

Pero como un Dédalo encerrado en su particular laberinto sin minotauros pero con su Ariadna particular, extiende las alas de cera de su imaginación que le llevan a mundos cuyas altas nubes están hechas de párrafos, donde llueven palabras sobre extensos campos de verbos y adjetivos, donde crecen piezas de teatro y pinceles multicolores y donde ríos de frescas referencias literarias discurren en paz entre poéticos valles de perfumada retórica.

Una librería normal vende libros nuevos. Pero un libro nuevo ni siquiera sabe que existe, es como un par de labios que nunca han besado, como unos dientes impolutos que nunca tomaron café, como un ave que aún no se atreve a volar.

Chencho no vende libros de segunda mano. Los  expone y ellos solos eligen al comprador, víctimas propiciatorias de la astucia de los libros usados.

Decía Antonio Machado que el ojo que ves, no es ojo porque tú lo veas, sino que es ojo porque él te ve. Algo semejante pasa con los libros. Un libro nuevo, huele a imprenta, como un recién nacido lleva el aroma a placenta, no tiene consciencia de su contenido simplemente porque nadie lo ha leído. Es un no-libro en el planeta de los zombis con tapas que malvive ignorante de sí mismo hasta que alguien lo descubre, desnuda sus páginas y explora su contenido con la mirada, como se acaricia la piel de un primer amor.

Un libro de segunda mano lleva la impronta de quien lo ha bebido antes. Está impregnado de la esencia de su dueño, de quienes celosos de su propiedad plasmaron su nombre en barrocos Ex-Libris, de aquellos que tuvieron el valor de dedicarlo «con cariño», «con aprecio», «con amor»…

La librería de mi amigo Chencho no es una librería. Es un almacén de sentimientos recreados en mentes ajenas una y mil veces, un bazar de sueños agazapados que acechan almas vírgenes, un comercio de utopías que engatusan con sensuales curvas, un colmado de fantasías y anhelos que, como raras especias, fueron transportadas a través de lejanas rutas por todos los que amamos los libros y queremos compartir sus historias.

Pero no, La Curva del Miedo no existe porque no puede existir el miedo a soñar.

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Antonio G. Lobo

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