El monstruo del lago Ness no es escocés es británico

 

Habría que preguntarle a él cómo se siente antes de hacer una afirmación tan tajante como la que reza en el título. La respuesta podría ser cualquiera, de hecho, él nunca —que yo sepa— salió del lago, por tanto es lógico pensar que ese sea su mundo, su universo y que al ser esa su realidad tampoco sepa contestar a la pregunta de forma clara. Posibleblente, el buen Tiranosaurio Timidus Ocultus de Nessie diría: «¿De dónde? ¿el qué? ¿y eso qué es?» y se volvería a meter en las aguas negras para no aparecer en siglos o hasta que no tenga deseos de salir en otra foto misteriosa de las a él le gusta hacerse. La cosa cambiaría si la pregunta no se la hacen a Nessie, sino al alcalde o gobernador de la Highland, provincia de Escocia, región del Reino Unido, país de Europa, continente del Mundo occidental, facción del Planeta, parte de la Vía Láctea, galaxia del Universo. Por supuesto todos y cada uno de los mandamases de estos lugares dirían cosas diferentes: «Nessie es highlandes, diría uno; escocés diría el otro; británico contestaría Su Graciosa Majestad de forma digna y pausada, técnica que se usa mucho entre los niños para hacernos creer los embustes; evidentemente es europeo, contestaría el que le toque mandar en ese momento, con la suficiencia y el supuesto conocimiento que da la ancianidad… del continente; pertenece a la Vía Láctea diría el jefe de los marcianos y en definitiva universal. Al no ser una cuestión que se aclare por métodos simples, entrarían en una interminable y supuestamente amistosa discusión que se iría acalorando con los desacuerdos y juren conmigo que existirán, y muchos. Mientras tanto, Nessie y los cuatro gatos que esperan pacientemente a que salga, se distraerán con sus cosas y de vez en cuando levantarán la vista para ver qué es lo que hacen y dicen esos pavos, menearán la cabeza disgustados y tras un tiento al güisqui —este si es escocés, sin discusiones— pensarán: «¿Y qué más da de dónde sea si nunca saldrá de aquí?». La realidad de la cuestión tiene que ver con el egoísmo que los humanos traemos con el nacimiento, las madres presumen y hacen más propios a sus hijos si se gradúan o los hacen aunque sea monaguillos, la cosa cambia si el niño ha roto un cristal de una pedrada o ha dejado embaraza a la hija de algún pobre, porque si a la que deja es a la de un rico se aplica la primera norma, presumir. ¿No me creen? Pues puedo demostrarlo. Piensen si el objeto de la disputa en vez de Nessie fuera Jack El Destripador. El rey de los marcianos diría que eso son cosas de la tierra, la dueña de Europa que los ingleses tienen la culpa, estos dirían que en Inglaterra eso no pasa, cosas de Londres, el alcalde de Londres diría que no nació allí y al final, después de cargarse a las que quiso, nadie quiere saber de él, ni de dónde es, ni quién es. ¿No les da qué pensar?

Lo cierto es que estos asunto, como casi todos, los magnificamos y dignificamos tanto, que no nos paramos a mirar hacia atrás, a cómo acabó todo si entramos en esos asuntos de defender ideologías a capa y espada por mano o intereses de otros. ¿Creen que la portera que defendía a Hitler y denunciaba judíos sabía lo que hacía? ¿piensan que los que fueron a Vietnam sabían el porqué? ¿creen que lo que se autoproclaman de tal o cual sitio conocen los motivos? Aunque sea un falta de educación, me pondré de ejemplo. Si a mí me preguntan de dónde soy mi respuesta sería clara: si me lo pregunta el rey de los marcianos diré que soy de la Vía Láctea; si me lo pregunta el jefe de Europa diré que europeo; si me lo pregunta el jefe de mi país diré que de ahí mismo; si me lo dice el alcalde de mi pueblo pues diré que yo soy de Villafranca de los Barros y si mi madre me pregunta: «¿a quién quieres más a papá o a mí?», diré que a ella mil veces más, lo mismo que le diría a él si fuera el que me preguntara. Me pueden llamar chaquetero, pelota o lo que deseen, pero no es el caso: soy educado, entre otras cosas porque me importa un rábano ser de aquí o acullá. Ya me gustaría poder hablar los cinco o seis idiomas y dialectos que existen en este mundo para no sentirme raro en ningún sitio.

Norte, sur, arriba, abajo, lleno, vacio, izquierda, derecha, rico, pobre, guapo, feo, alto, bajo, listo, torpe, mañoso, manazas, católico, islámico, blanco, negro, gordo, flaco, bueno, malo, café, té, melón, sandía, carnívoro, vegetariano, borracho, abstemio, rubio, moreno, flamenco, jazz, mar, montaña, Lope, Quevedo, Extremadura, La Provenza, sucio, limpio… de todo hay. ¿Y qué? Yo no veo ningún problema, es más, me resulta divertido y enriquecedor. ¿Para que servirían los maestros si todo supiéramos lo mismo? ¿cómo me iba a enamorar de alguien si todos fuéramos iguales? No existirían los trajes,  total somos iguales. Las diferencias existen, por genética, porque algún Dios quiso o por lo que sea… existen y también hay que entender los motivos que cada uno tenga para justificarla. Lo malo, lo terriblemente malo, viene cuando no la aceptamos, cuando por el simple hecho de ser diferente o pensar diferente o sentir diferente, creemos que ya TODO es diferente, y no es así, incluso que por ser de otra forma soy mejor, que estoy por encima. Todos nos hacemos cruces cuando vemos a un tipo en pasamontañas cortarle la cabeza a otro con un cuchillo desafilado. ¿Hay ideología o creencia que justifique eso? ¿por qué lo hace? La respuesta es porque no lo está haciendo él. Ese sujeto es un muñeco a control remoto y esta es la mejor definición de fanático que conozco. No tiene pensamiento propio, ni bueno, ni malo. Pregúntenle si es del Betis o del Sevilla, del Madrid o del Barcelona o si le gusta más el cine o el teatro, o la carne o el pescado, solo tendrán una respuesta de su boca:«Muerte a Obama —o al que esté— y Alá proveerá».

Si esto se aplica a las ideologías menos radicales, las cosas se complican igual porque con la excusa de una idea se pueden cometer atrocidades. Si tienes la habilidad de fijar esa idea en la mente de otros te conviertes en un casi Dios. No puedo culpar a los que son así, sí culpo a los que no saben desprenderse de eso y crear las propias. Si volviéramos a preguntar a la portera que denunciaba judíos que nos dé su motivo, no el que le han transmitido, el suyo propio, no diría nada, simplemente porque no lo tiene. Si lo hiciéramos también con los que sacan banderas, panfletos, ideas, las respuestas serían las mismas, porque es que no las hay. Se limitan a aducir motivos históricos, idiomáticos, geográficos, económicos, todos están creados, no existen. ¿Dónde paras la historia para pensar que tienes ese derecho?, avanza en ella un poco más y verás que todos venimos de Pangea, ¿por qué pararla en tal o cual tiempo?: «Es que nosotros fuimos una corona independiente de…», ¿y antes? ¿qué fuimos antes? En cuanto al idioma ocurre otro tanto de lo mismo. Dice La Biblia que los idiomas los instauró Dios en la torre de Babel como castigo, así que un nacionalista no puede ir a misa, ni creer en Dios. Bromas aparte, excepto el húngaro, el finlandés y el dialecto vasco que son no se sabe de qué sitio, el resto de los idiomas del mundo, TODOS, tienen el mismo origen, hasta en la grafía. Los motivos siempre son personales, mejor dicho, personalmente dirigidos por los que les gusta llevar en el bolsillo el mando a distancia del control de ideologías, con un único objetivo, poder, una droga tan fuerte que incluso se habla de su erótica, la verdad es que la erótica del poder lo único que pone duro es el cerebro y es una pena, porque bien usado podría ser sublime.

Pedro Cuéllar