Nunca escribí lo que yo quise

Nunca escribí lo que yo quise, lo pensaba y lo transcribía, después lo leía y no es lo que había pensado. Llegué a creer en duendes que vivían a camino entre mi cabeza y el papel, traviesos y malintencionados como suelen ser estos animalitos inventados por los pobres de imaginación translúcida y tránsfuga. La primera vez que lo vi andaba de puntillas sobre una línea invisible, cargaba sobre sus hombros un enorme lápiz, mucho más grande que él, de esos que tienen una goma de borrar por detrás, esta supe al tiempo que era casi mágica. En contra de lo que se pueda suponer no llevaba el típico gorro verde puntiagudo, ni esas horribles botas de caña vuelta que los hacen aún más enanos de lo que son. Muy al contrario, iba casi desnudo, casi en paños menores, me quise imaginar que era debido a que debía ahorrar todo el peso que le fuera posible para poder llevar el de su enorme lápiz y sobre todo el de su sucia conciencia. Era calvo y de calva transparente, tanto que desde donde yo estaba se podían ver sus malas intenciones moviéndose inquietas en su cerebro. Efectivamente, recuerdo que ese día pensé de ella: «entregada», quise decirle, él borraba con la pericia de la vasta experiencia y puso: «dada» y aunque me enfadé no podía hacer nada. Volvió a hacerlo cuando pensé: «realizada» y el borraba frenético y ponía: «hecha», cambiaba lo que le daba la gana, yo quise poner que «estaba despejada»  y se quedó con que «estaba abierta», quise decir que «era» y el puso que «estaba» y así una vez tras otra, hasta que harto tiré por la borda las ganas de escribir para estrangular al asqueroso enano, y en ese mismo momento, justo cuando tomé la decisión, desapareció y dejó el lugar como si nunca hubiera habido nadie a quien culpar de las cosas que estaban escritas y firmadas por mí, aunque puedo jurar ante los cielos de mil creencias que no es lo que yo quería decir. Cada vez que esto ocurría, que era a menudo, salía a las calles grisáceas y lluviosas de Londparislona y andaba sin rumbo lo mismo que si fuera un alma de ultratumba con la ropa puesta. Una vez, puse la radio y por los auriculares maléficos salía una voz que se refería a mí. Me sorprendí porque aún no era, ni nunca seré, famoso. Decía:

—«Para el espantapájaros de las ideas transcritas y mal leídas, de su amigo Gamuza azul, el duende rockero (evidentemente era un apodo porque yo sabía que se llamaba Eustiquio), sonará la bella melodía de Te tengo dominado, con mucho cariño y este mensaje: “A partir de mañana me pongo el gorro, ya estoy harto de que me leas las ideas antes de que las escriba”…».

Y sonaba una música que no me disgustaba pero con una letra que me ponía de los nervios. Aunque no me nombraba estaba claro que se refería a mí, todo cuadraba. ¿Cómo podría explicarles?… a ver… para que me entiendan: a pesar de ser enemigos muy cercanos y amigos lejanos, nos une esa complicidad que hace que nos puteemos pero queriéndonos, como una especie de Jack el Destripador  romántico, total no le demos más vueltas, la radio me lo decía a mí.

La única vez que le gané y lo dejé enfermo tiritón para tres días fue cuando escribí por encargo una carta de amor con la cual conseguí dos cosas: que me dieran con ella hecha una bola en plena frente y que no me la pagaran: «Cómo puedo escribir eso si nunca antes estuve enamorado, págueme la tinta al menos…», me excusaba yo mientras el tipo bajaba la escalera despotricando porque lo habían dejado por culpa de la carta. Cuando se fue no me sentí tan mal como yo hubiera creído, al menos Eustiquio estaba en cama y no le llevé ni una mala taza de caldito de pollo, ¡qué se joda! por metiche malintencionado. Les transcribo la carta por dos motivos: dejar constancia de mi éxito sobre el enano rockero  y que me digan si es justo o no que ese tipo no me diera ni para la tinta del plumero, por mucho que se fuera diciendo que lo habían dejado por mi culpa:

—«Pues búsquese una novia con más imaginación» —le dije yo y ahí fue donde se lió y se cabreó y aún no sé porqué… ¡ah! sí, ahora recuerdo, me dijo algo como:

—«Pero es que yo la quiero a ella» —dijo el tipejo, después me tiró la pelota y se fue. Como si querer fuera más importante que imaginarse cosas.

En fin, me lo tomé como una experiencia más, un paso más hacia la cumbre de las letras que salen sin pensarse o que se piensan y no salen, que aunque parezca igual, si se fijan, no es lo mismo. A lo nuestro, les transcribiré la carta y al final les pondré mi página web que como todo transcriptor de pensamientos que se precie tiene (no sirven de nada, pero queda bien), y dejan su opinión. Decía la carta cuando estaba lisa, porque cuando la arrugó el tipo para agredirme despiadadamente con ella, a mí me daba otro talante:

«Querida moza:

Aprovecho para hacerte ver la diferencia entre moza y mocita, por mucho que esta parezca un diminutivo de aquella: moza es una muchacha normal y mocita es lo mismo, pero virgen. Así que reinicio.

Querida moza:

Me dijo mi padre cuando le enseñé tu foto con toda la ilusión del mundo:

—”Si tu novia se parece a su hermano, será guapita”.

Me dio rabia que te confundiera con tu hermano y que te dijera guapita en vez de guapa, porque con esto pasa igual que con lo de moza y mocita. Lo achaqué a la suciedad de sus gafas y a que la foto es de cuando eras más joven y aún te quedaba un hervor.

Debo decir que me has ganado y que te llevas un partido. Es como si hubieses ido al casino y ganaras, yo al menos me siento así contigo, siempre me parece que cada día juego a la ruleta rusa y hasta ahora estoy teniendo suerte, más emoción no se le puede pedir a una relación. Si tuviera que definirte mis indefinibles y extraños sentimientos por ti, se necesitarían, además de ganas, dos o tres folios en blanco porque ya escritos lo mismo no dicen lo que yo quiero. Y como sé que a ti lo de leer te molesta si lo escrito no lleva dibujitos, pues seré conciso:

—Ven a las siete en punto.

Hasta otra Eufemiana, aunque a ti te guste más Eu, a mí no.

Firmado: tu mocito.»

¿Qué opinan? no es para tanto ¿verdad? Yo veo la carta relativamente bien. Entre sus virtudes le encuentro: sinceridad, concisión, cierto carácter y una generosidad romántica que raya lo cursi, pero sin llegar. Y entre sus defectos, pues qué para voy a mentirles, yo no le veo ninguno, claro que si nos ponemos a buscar encontraremos alguno, pero tendríamos que ser tan bocones y tiquismiquis como el Eustiquio y no creo que sea el caso. Lo que sí me gustaría analizar es el porqué de la enfermedad tiritona que le entró al enano rockero. Gripe no era, según su médico los espasmos de risa no están entre los síntomas gripales. Me di cuenta de que actuaba de forma diferente con este trabajo por encargo de otro, claro porque por encargo propio pues ni se molesta uno en encargarlo, digo yo que ya sabe uno lo que tiene que hacer, sin que uno mismo se lo tenga que encargar a sí mismo. La diferencia estaba en que se le cayó el puñetero lápiz de mis torturas. No le veía la cara, pero por detrás parecía como que se retorcía por algo y se agarraba la tripa y con la pierna derecha daba patadas en el suelo de forma espasmódica, no sé, algún tipo de epilepsia o algo así. Muy grave no sería porque a los tres días dejó de lagrimear y solo le quedaron como restos de la enfermedad unos hipitos cortos y una sonrisilla bobalicona que sin saber porqué a mí me laceraba el ánimo.

Otro ejemplo clarificador de las actuaciones maliciosas del enano rockero fue cuando le quise decir, a través de un portentoso escrito, a mi vecina del tercero lo que yo sentía por ella o por las circunstancias, que ahora no pongo en pie el asunto y todo por culpa del enano calvo translúcido. Vean si no tengo razón. Yo solo quería decirle que me gustaba y que si quería venir al cine, pero otro día que hoy estaba resfriado. De nada sirvieron mis desvelos por perfeccionar la idea central, pulir el estilo, concisar (invento del Eustiquio que no me disgusta, ‘hacer concisa’ dice) la explicación, elegir de forma minuciosa las palabras, etc. De nada sirvió, los tres días de asueto que estuvo le dieron unas fuerzas incontrolables y por ende, la venganza que se tomó por no haberle llevado ni una taza de caldito de pollo. Con razón Noelita me mira raro cada vez que nos cruzamos, a veces pienso que si tuviera una mini imprenta en el cerebro todo funcionaría mejor. Me pregunto ¿para qué sirven las manos? ¿quién se inventó lo de la inspiración cuando no vale para nada? ¿y para qué lo papeles en blanco? enemigo acérrimos de la creatividad. Fui a misa el otro día y le hice una propuesta al dueño de la franquicia., la de mi barrio se hizo hace unos años pero tiene pinta de catedral gótica centroeuropea, así que me puse al día y le dije:

«Estimado señor: aunque puede que tenga que trabajar un poco, o en su defecto a los que usted tenga trabajando en esa sección, pero ¿no sería posible un cambio de diseño en las futuras creaciones? Mi propuesta es que ahorre en transmisores, cables, neuronas y deseos inútiles. Le anticipo que este cambio que propongo no se debe hacer necesariamente a todos, solo en aquellos a los que usted, con su cazo de las cualidades, sabia y divinamente (nunca mejor dicho) manejado, vaya a dotar de la categoría de escritor. Es el siguiente: soy consciente de que hay muchas partes en el cerebro que son inútiles y otras obsoletas y otras nos hacen padecer, a veces las tres a la vez, por ejemplo enamorarse: es inútil porque como no aciertes la hemos liado, mi abuelo decía que «un mal amigo te jode una reunión, pero una mala mujer te jode la vida», también está obsoleto porque queda muy antiguo, ya no se lleva, y lo de padecer para qué hablar, además de los líos y confusiones que se generan con la otra sección que usted, pienso que de forma despistada, puso al lado, me refiero a la del deseo sexual pasional. ¿Es usted consciente de los líos que se generan cada vez que un muchachuelo ve por la calle a una chica en minifalda? Aprovecho para hacerle un comentario al respecto: ¿porque le pone con su cazo ganas de minifalda a las que van a estar mejor dotadas? O se lo pone a todas o a ninguna, pero de esto no va el tema. Pues ese muchachuelo, dada la proximidad de las dos secciones, confunde una cosa con otra. Mil veces les oí decir tras la visión de una de ellas: «me acabo de enamorar» cuando yo sé que lo que quería decir es: «qué buen acto carnal haríamos». ¿No piensa como yo? Y la cosa se complica si encima a ese muchachuelo le dan ganas de escribirle algo a la susodicha minifaldera. Puede convertirse en una debacle bíblica (con perdón por la comparación), porque aquí abajo existen unos seres que usted no conoce porque no los ha creado, los creamos nosotros no sé el porqué, son duendes tocapelotas, pero este es otro cantar también. Todo se solucionaría si en esa sección que no vale para nada, usted instala una imprenta conectada a la sección de los pensares, de forma que cada vez que uno piense algo en vez de ir a la mano, que es el trayecto en el que trabajan los duendes tocapelotas, pues va directamente a la imprenta y que salga, corregido y todo, por donde a usted le parezca, porque cosas del cuerpo salen y por distintos sitios, pues aproveche una de esas salidas y que lo pensado salga por una de ellas. No sabe usted los beneficios y mejoras que generaría en la especie, además de mandar al paro a los enanos rockeros que tanto nos mortifican. Ya me dirá su respuesta por cualquier medio que estime oportuno porque no sé si tienen cobertura web allí, si no le daría mi correo electrónico. Un saludo».

No tengo muy claro si me contestará o no, pero al menos me quedé tranquilo porque cumplí con mi deber de buen ciudadano del planeta. Y todo esto venía al caso de la misiva que leyó, que no es lo mismo que la que escribí, la mencionada Noelita:

«Por aquellos días, cuando tu nave tomó tierra, yo no lo sabía, ni me di cuenta, pero me dejaste plantado en el umbral de Saturno, la Perestroika fue muy tardía y mi revolución prematura, después hubo una tormenta intergaláctica de verano en el piso de abajo, se llevó muchas cosas: ilusiones, una vida y me dejó un turbio resfriado cósmico. No es que me importara, a cien mil años luz de la puerta del ascensor como vivía, ese no era un detalle importante, seguramente se me pasaría en dos siderales estornudos, antes de tener valor para tocar el botón a la galaxia de abajo».

Qué pensará de mí Noelita por culpa del enano asqueroso este. Ahora ya da igual lo que piense, la vi el otro día salir de la mano de un tipo alto que era más de aquí, menos sideral, de esos que tienen los pies en el suelo firme y que, al final, son los que se llevan a las bien dotadas en minifalda. Otro motivo más para poner la dichosa imprenta en la sección inútil.

Volví a hacer lo de siempre, pasear por las calles grisáceas y lluviosas de Londparislona y volver a escuchar la radio con los auriculares maléficos, tan bajo estaba que ya no me importaban las dedicatorias que me hacía Gamuza azul, el duende rockero:

«…y ahora, queridos oyentes, una dedicatoria especial, para el espantapájaros copión de ideas en calvas translúcidas, la famosa copla Te vas a enterar los restos, con el mensaje que siempre acompaña tan bello acto: “La venganza será terrible, no traerme una taza de caldito de pollo no te lo voy a perdonar…” cuánto deben quererse estos buenos amigos…».

Esta vez no me gustó la música y la letra un poco más, bueno, seamos sinceros, la letra me levantó el ánimo, porque me di cuenta de lo que había sufrido el enano flamenco cuando no le hice puñetero caso. Aunque pensándolo bien, si sufrió es porque me aprecia. Me está entrando un sentimiento de culpa que es muy molesto, pobre Eustiquio. A lo mejor dándole cariño no se comporta así y lo mismo entre los dos hacemos algo que sea legible, aunque no sea del todo lo que yo quiera, de todas formas ya estoy acostumbrado, nunca escribí lo que yo quise.

Pedro Cuéllar