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Literaria

El tiempo y la madre que lo parió

Nada de respetos impuestos con este elemento que nos apetezca o no, está presente en nuestras vidas justo desde el momento en el que nos golpean el culo y lloramos, que es cuando nacemos, no cuando salimos, que es como erróneamente se piensa. Hasta que esa persona no nos hace llorar solo somos un pedazo de carne arrugado que aún está en un limbo del que nadie sabe. El llanto, la protesta, la queja, el «aquí estoy yo ¿qué pasa con ustedes?», ese es el momento en el que podemos decir que estamos vivos.

Pues desde ese momento, el tiempo se hace un compañero inseparable, siempre viene con una gran carreta de cuatro ruedas, tirada por una yunta de bueyes jóvenes que pueden con pesos enormes, se lo lleva todo y a veces no deja ni las marcas. Cuando descansa y se para, escribe los perdones pendientes en arena, por eso duran lo que duran, el momento de un mal viento que se los lleva desordenados y mezclados de manera que ya no se sabe ni cual era uno ni cual otro y así te los devuelve cuando viene de vuelta, de forma que ningún recuerdo está en su sitio y los rencores solo se apaciguan con las sangres de quien sea, da lo mismo. Así es el tiempo, no es cruel y despiadado porque pase, lo es porque no te deja distinguir las cosas en su justa medida y es entonces cuando aparece la condición de cada uno: la soberbia te da la razón por muy equivocadas que estés las cosas; la prepotencia te sube al moño de una estatua y desde allí contemplas tus hallazgos ciertos o no; la desidia te deja sentado en el suelo embarrado; la prudencia no te permite ni calzarte por si acaso duelen, como todos los zapatos nuevos… Y cuando de nuevo toma camino con la carreta llena de cosas, se lo vuelve a llevar todo, y así una vez tras otra hasta el infinito, porque nunca acaba.

La única forma de vencerle son los recuerdos tatuados, esos que ni en mil veces que pase se van, pero eso solo le ocurre a según quien, no a todos, Si tuviéramos que definir a quién, no harían falta muchas palabras, no necesitaríamos un enjambre de adjetivos pegajosos y afectados, creo que bastaría con que oyéramos decir: «Era una buena persona. En su fin, no recordaba nada de lo enorme que fue, solo se sentaba mirando a la raya de la tierra y el cielo rojo, y sonreía, lo hacía de forma que parecía que no te estaba escuchando, sin embargo, cuando terminé mi perorata me dijo: “no hace falta que te esfuerces por hacerme recordar, solo cuéntame cómo era, con eso basta”. Así era él».

La aspiración parece poca pero no lo es, es tremendamente difícil y lo mismo que dije sobre el momento de nacer digo sobre el momento de morir, que es cuando el de la carreta de bueyes jóvenes se va. Ese momento no tiene nada que ver con dejar de respirar, ese momento llega cuando en la carreta del tiempo no hay ni un solo recuerdo nuestro. Y eso se llama olvido.

 

Pedro Cuéllar