Categories
Literaria

La cautela del colibrí

            Pequeña, veloz, independiente y eternamente sorprendida, sabía escapar volando hacia atrás. Cuando la conocí, las latas de sardinas aún eran asequibles. Ella se quedó suspendida en mi pensamiento sin mover nada en apariencia, el tiempo me confirmó después que aleteaba a tal velocidad que para verla tuvo que hacerme vivir la vida a cámara lenta. Las sardinas comenzaron a ser demasiado caras, tanto que me alimenté del néctar primaveral, igual que ella, sin embargo, para mí no era suficiente y comencé a padecer las dos hambres, la del lobo y la del poeta, ella quiso escapar de la angustiosa fame, y esta vez no voló hacia atrás, simplemente se dio la vuelta y desapareció.

Sin saber muy bien la causa, las sardinas volvieron a ser asequibles, y su aleteo, aun sin estar ella, seguía siendo a cámara lenta.

En la siguiente primavera apareció de nuevo, con sus vivos colores, todo se convertía en silencio ante el asombroso estruendo de su sonrisa. Volví al néctar y esta vez me cuidé mucho de tener que soportar dos hambres, me quedé con la del poeta, y la padecí por no encontrar palabras adecuadas para ella, las confundía, quise decirle que era intemporal y le dije eterna, cambié amor por deseo, pasión por prisa, timidez por miedo, olor por aroma, suavidad por ternura, no decir nada por silencio, y no me entendió, porque tampoco supe  hablarle con los ojos, ni tocarla con las palabras, pero se quedó a mi lado:

—«Es más dulce tu confusión que el néctar de los lirios, aquel me llena y evita el hambre del colibrí, este no deja que tenga el del vuelo torpe». —Y sonreía.

Comprendí que aun siendo gratis, las latas de sardinas eran enormemente inaccesibles para mí, me acostumbró a estar equivocado y esa es una dulce muerte, la más dulce de todas, porque al final, tanto te aceptas, que acabas convirtiendo la mentira en verdad, el cuerpo frágil y veloz en tu sostén, y lo que puede ser más peligroso, tu pensamiento falso en real y definitivo:

—«Atraviesa rápido mi cuerpo, pule la palabras para conseguirlo, me quitaré las plumas, aletearé lo más rápido que den mis fuerzas y libaré tu alma para no pasar necesidad nunca más, tú tampoco la pasarás, porque con los pocos restos de carne ávida que me queden, te saciaré». —Y volvía a sonreír.

La verdad es que me conformó, sin embargo ella, precavida y temerosa, miraba y medía mis erróneas apreciaciones, pero cumplió su promesa, me saciaba con su avidez. Olvidé el valor de las latas, incluso supuse que ya no las necesitaría nunca más y por un tiempo así fue, pero muchas cosas están por encima de mi sosiego, de mi aventurado cariño, incluso de su propio vuelo, y seguía confundido, porque no deduje que la lentitud era prevención, dejé que me arrebatara la vida cada vez que se desnudaba de plumas, comí su carne ávida hasta que se quedó en simples huesos, y sin embargo, me seguía saciando, porque ya no precisaba nada, la vida se convirtió en un ir y venir de mi acomodado desespero a su rápido aleteo:

—«Conserva de mí los sabores que sacaste al olerme y el tacto que viste con tus ojos mustios, deja que libe una vez más, sé que sólo hallaré penumbras y desencantos pero ¿quién dice que ese no es mi alimento?». —Y esta vez no sonreía, lloraba.

La soledad nos acompañó a ambos, lo sé porque estábamos juntos, cambiaba el plumaje los otoños en vez de las primaveras, sin embargo, seguían siendo vistosos y brillantes, adelantó los tiempos en que nada era lo mismo y retrasó los de todo es igual, pero seguía sin entregarse, con el paso de los días o de las horas, descubrí  que no carecía de espíritu, simplemente reservaba entre sus desnudeces los momentos más apoteósicos, las ternuras más sentidas, los besos más prohibidos, las caricias más audaces, creo que por eso continuaba volando hacia atrás, con esa cadencia tan vertiginosa que incluso a mi cámara lenta le parecía veloz, inalcanzable, independiente, eternamente sorprendida, como el día que la conocí.

Probé un nuevo sorbo del vino oscuro y la voluntad se desmadejó:

—«Continúa conmigo, luz de mis tinieblas, te sacaré tus plumas y serás liviano como yo, adecenta las caricias que yo te las haré indecentes, cómplices y tan sensuales que entre los dos seremos águilas en busca de presas mayores, de los tiempos recuperados y de los cuerpos perdidos». —Y sonreía y lloraba.

Aleteó un millón de veces más junto a mí, cumplió su promesa y ahora, al tiempo indefinido, a la eternidad no contada, continúo viendo su veloz reticencia a cámara lenta.

Lidia CRuz