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La crisis de la mitad de la vida

Las aventuras extramaritales, a menudo, tienen lugar una vez que la pareja está bien instalada en una rutina eficaz pero algo aburrida. La mitad de la vida debiera ser la edad en que, habiendo llegado a la cima del potencial, uno puede preparar su futuro y considerar su retiro; la edad en la que uno toma más conciencia del fin que se aproxima indefectiblemente, y en la que uno se pregunta si ha vivido por sí mismo o según los principios de nuestros padres y de nuestra sociedad.

La etapas de la vida

El nuevo cuestionamiento de la mitad de la vida es, a la vez, personal, profesional, conyugal y social, lo que lo hace más complejo aún. Es la edad en la que uno regresa a la adolescencia o se convierte en adulto. Un adulto responsable de la segunda parte de su vida y de su pareja. Es la edad de un primer balance y del nuevo cuestionamiento sobre el sentido de la vida, sobre el sentido de su pareja.

Cada día nos acerca más a lo inevitable. De niños, vemos a nuestros padres como gigantes; en la adolescencia, los derribamos de su pedestal y nos juramos hacerlo mejor que ellos. Estamos impacientes por tener veinte años, entrar al mercado laboral y ser autónomos. Luego nos enamoramos, fundamos una familia y tomamos conciencia de que, finalmente, nuestros padres tenían razón. Al mismo tiempo que nuestros propios hijos nos hacen sentir “viejos” y nos dicen que estamos pasados de moda.

Nos damos cuenta de que todo esto ha pasado muy rápidamente; demasiado rápidamente.

Es, entonces, cuando hombres y mujeres se ponen nostálgicos y cuando, algunos, se aferran de manera ilusoria a su juventud.

Esta transición es acompañada, también, por transformaciones psicológicas: la menopausia y la andropausia. El hombre comienza a experimentar los efectos de producción de baja testosterona y se hace menos deseante; la mujer cree que esto se debe a que su belleza se marchita. Ambos se tornan más sensibles a las miradas de los demás y buscan allí la prueba de que aún están vivos, de que son deseables.

Este período constituye el segundo momento crítico para las separaciones. Después del nacimiento del primer hijo, se da el primero. Luego de veinte años de vida rutinaria, de responsabilidades parentales y profesionales, la autoestima recibe de pronto un golpe de edad.

Ser atractivo para una bella joven permite al hombre reencontrar su virilidad y reconciliarse consigo mismo. Ser deseada por un hombre fogoso y guapo, tranquiliza a la mujer respecto de su femineidad. Ya sea que estén verdaderamente enamorados o, simplemente, sientan halagado su narcisismo, poco importa! Esto les da la impresión de recuperar su juventud y su deseo de vivir intensamente, apasionadamente, al menos por un cierto tiempo; pues, para quienes se han separado, la nueva relación se vuelve rápidamente decepcionante a causa de la diferencia generacional  y de los intereses y estilos de vida.