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Literaria

La enfermedad del título

Ayer leí, por simple curiosidad profesional, la página de una supuestamente prestigiosa empresa que se dedica a la corrección de textos. Es uno de esos holding creados por algún avispado y que integra a profesionales del campo. Eso no es malo. Lo que leí sí es malo.

Hace una descalificación en tono sarcástico jocoso (o como diríamos vulgarmente «haciéndose el gracioso») de todos los profesionales que no están integrados en su grupo y además avisa de que para pertenecer a él (digo a modo de juramento que ni por todo el oro del mundo) deben cumplirse ciertos requisitos y que se abstengan los que no sean de filólogos para arriba.

Esto dice (si me quieren denunciar por el copia/pega con mucho gusto se lo diré en persona):

«En no pocas ocasiones, cuando algún integrante de nuestro equipo comparte con alguien cuál es su profesión, se encuentra con comentarios del tipo: “ah (lo marco porque esta es una interjección y debería ir con su signo, por si no lo conocen es este ¡ y para cerrar este !, siento la interrupción), pero eso lo podría hacer yo, ¿por qué no me recomiendas para trabajar en tu empresa?”. Preguntados por el tipo de formación que tienen, unos pocos responden: “he estudiado Lengua y Literatura en la universidad”. Sin duda, es un buen comienzo, pues tener estudios superiores relacionados con el uso de la lengua castellana es uno de los requisitos sine qua non para formar parte de nuestro equipo, pero no el único. Otro grupo de personas, más numeroso, responde: “he hecho un curso de corrección de textos de x horas”. Perfecto, solo te falta matricularte en la universidad y pasar unos cuantos años dedicándote a estudiar en profundidad la lengua. Un último grupo, el mayoritario, responde: “no tengo estudios ni he hecho un curso, pero leo mucho, escribo muy bien y muchas veces descubro erratas en los textos que leo”. Nos encanta el optimismo de este tipo de personas, y sin duda valoramos su pasión por la lectura y la escritura, pero eso no las capacita lo más mínimo para poder corregir eficazmente un texto.

En resumen, para ser un buen corrector de textos, y, por supuesto, para formar parte de nuestro equipo de trabajo, XXXXXX considera necesario poseer estudios superiores relacionados con la lengua y haber recibido formación específica en materia de corrección de textos, además de ser un lector habituado a diferentes tipos de textos. Otras aptitudes que valoramos positivamente son, por ejemplo, conocer los procesos editoriales en profundidad habiendo trabajado en el ámbito de la edición de textos, conocer el lenguaje específico adecuado a cada tipo de texto, tener gran capacidad de observación y concentración y ser meticuloso a la hora de afrontar la labor de corregir un texto.

Bajo estas premisas, nuestro equipo de correctores está formado por personas con estudios superiores relacionados con la lengua (filólogos, periodistas, licenciados en Humanidades, etcétera), que han recibido formación específica que las habilita como profesionales de la corrección de textos, además de tener experiencia laboral en distintos ámbitos relacionados con el uso de la lengua (profesores de Lengua y Literatura, profesores de Español como Lengua Extranjera, redactores, editores, periodistas, maquetadores, etcétera): un equipo de trabajo multidisciplinar y altamente cualificado que te ayudará a mejorar tus textos y la comunicación con tus lectores, aportando valor y prestigio a tu imagen como autor o como marca empresarial.».

No tiene desperdicio. Si para mí, que llevo años en esta profesión, resultó gravoso, no me quiero ni imaginar, cómo debe haber sido para un neófito que se quiere abrir camino en este mundo, simplemente porque le gusta, como si le hubiera gustado ser camarero, albañil o pintor de acuarelas.

Señores, ¿quién les ha dado el monopolio del conocimiento de la lengua? He dado las suficientes vueltas en este campo (edición, corrección y escritura) para saber que hay titulados que no hacen la O con un canuto, profesores que no enseñan, solo presumen de lo que supuestamente saben, redactores a los que les tartamudea la lengua ante un texto, periodistas que tienen el único bagaje de lo exclusivo y correctores que son poco menos que el corrector de Windows, sí, los he visto; pero jamás se me ocurrió descalificar a nadie, cada uno es como es y hace lo que puede para sobrevivir. ¿Intrusismo, dicen?, seguramente se habrán molestado en ver lo que significa esa palabra. En su definición habla de «…título y de autorización necesaria…», ¿qué título es el de corrector?, que yo sepa, aún no hay una universidad que lo otorgué, es un oficio que se aprende y ningún título académico asegura que la corrección sea mejor. Y en cuanto a la autorización necesaria, no quiero imaginarme que piensen que son ustedes los que tienen que darla. Les diré algo que me enseñó el tiempo:

Un corrector puede necesitar todo lo que dicen o no, en realidad no es significativo, un corrector debe tener una cualidad de la que ustedes, visto lo visto, carecen, me refiero a la prudencia y la humildad, un corrector debe interpretar un texto no por lo que lee, sino por lo que subyace, y este texto suyo rezuma prepotencia por todos sus poros y no quiero terminar sin decirles que pueden conocer muchas palabras y presumir de ello pero que, curiosamente, no he visto por ningún lado una que es muy necesaria y que tiene que ver con el lenguaje más que ninguna otra, me refiero a «creatividad». Úsenla como referencia en lugar de la prepotencia. Corríjanme si lo desean y digan qué libro de estilo van a usar porque hay profesionales que no están, ni estarán es su «secta» y que son tan buenos o mejores que cualquiera.

 

Lidia Cruz