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Literaria

La historia más cierta (parte 1)

Les contaré una leyenda para contar cómo fue la historia. De antemano les anticipo que lo que importa en este cuento no es la forma sino el fondo, aun así procuraré cuidarlo, más que nada para que no se aburran, tampoco será lo suficientemente divertido como para no perder el contenido del mensaje. Digamos que será como el equilibrio de un funambulista entre morirse de asco por el tedio y partirse de risa por el embuste, así que sin más preámbulos ni alharacas vamos a por ello.

Este cuento no comenzará con el consabido: «Erase una vez…» porque no es «erase…», sigue siendo, es decir, no es una historia que en algún momento se produjo y ahora se cuenta, es una historia que sigue ocurriendo en la actualidad, digamos que es atemporal, y lo mismo que sin tiempo también es sin sitio, podríamos decir que está desubicada, pero en el más amplio sentido de la palabra, no en el que damos a entender que «está fuera de lugar».

Todo empezó en un lugar lejano. En este sitio, como ya he dicho, lejano, tienen la mala costumbre de ponerle nombre a todo y como el idioma que usan es el más extraño que se puedan imaginar, con los nombres pasa lo mismo, así que no se asusten ni se lleven las manos a la cabeza.

El lugar lejano en cuestión se llama Put Omun Doeste y estaba lleno de casas esparcidas por doquier, unas estaban juntas y adosadas, otras desperdigadas y aisladas, otras subidas en montañitas heladas, lo dicho, puestas sin ton ni son y sin orden ni concierto.

Nuestra historia comenzó en una casa construida detrás de una acera… no se sorprendan, en este lugar eso tiene su importancia. Estar detrás de una acera viene a decir que perteneces a un barrio, o lo que es lo mismo, que a tu lado hay gente que es casi como tú, aunque la mayoría de las veces es por conveniencia.

Este barrio tenía cierto prestigio, aunque tuvo tiempos mejores, su nombre de siempre, fue Vie Jocont Inente y así se le siguió llamando. No era el barrio más rico, pero tampoco el más pobre, aunque bien es cierto que se aprovechaba de su antigüedad para marcar cierta solera.

En la casa que estaba detrás de la acera vivía el padre, Jodid Opres Idente, la madre, Masto Ntaqueu Npeo y el bebé que acababa de nacer (como todos los bebés) y al que nombraron Pueb Lollan Oyjodid (este apellido por el padre). Es cierto que papá y mamá se casaron por conveniencia, ambos pertenecían a una saga muy antigua que tenía por costumbre no mezclarse con el resto de los humanos, la saga en cuestión es la llamada Pe Peder Echoso y crearon la tradición de no mezclarse porque para ellos tenía sentido: había que mantener el orden porque las nuevas generaciones nacieron con cosas raras en las cabezas, aún recuerdan el ya lejano año 68 cuando la tribu de los Asqu Eros Osmelenas casi destruyen lo que costó tanto construir y prohibir, enfermo se pone se ponía más de uno con solo pensarlo, de manera que ya desde que nació el pequeño Pueb no lo tuvo fácil. Lo primero que oyeron sus tiernos oiditos fue cuando papá Jodid le dijo a mamá Masto:

—«Ya puedes apañártela para manejar al niño, porque como se haga grande y le dé por pensar, se va y no vuelve». —Y se marchó dejando a mamá Masto entre asustada y pensativa.

Mamá Masto, como cualquier madre haría, quiso sobreproteger al niño, pero en lugar de hacerlo con carantoñas y ternuritas pensó que la mejor manera de controlarlo no era otra que metiéndole miedo en el cuerpo, de forma que ya desde su más tierna infancia, pensara que papá Jodid y mamá Masto eran indispensables para estar a salvo de los monstruos y calamidades que habitaban, no solo en Vie Jocont Inente, sino en todo el Put Omun Doeste. Cierto es que cuando no habían ni monstruos ni calamidades ellos se las inventaban, todo por mantener al pequeño Pueb bajo su manto «protector»…

 

 

Pedro Cuéllar