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Literaria

La historia más cierta (y parte 3)

Los niños tienen miedo. Les metieron cosas extrañas en las cabecitas y ahora, en la noche, cada vez que hay un relámpago y después un trueno, ellos ven formas fantasmales que indefectiblemente vienen a llevárselos.

Por mucho que insistas en que son sombras de ramas o de ropa colgada, no lo creen, y siguen teniendo miedo.

Son los niños del barrio pobre, Sepa SaHa Mbre, y tienen miedos porque nada en su mundo está en su sitio y las casas, más bien chozas, no están construidas detrás de una acera, así que tampoco hay caminos, por eso nadie sabe si va o viene y nadie, ni mucho menos, tiene un destino.

Este fue el sitio que Sohij Oput Aeste eligió para probar su teoría. Pensó que la forma de vender más hierbas y medicinas no era otra que aliarse con la enfermedad y el miedo y si esta no venía o no existía él la traería.

Fue pensado y puesto en práctica de inmediato, sin embargo antes había que asegurarse, tenía que probar tanto los males como los posibles remedios y ningún sitio era mejor que este en el que los niños le tenían miedo a las ramas y la ropa colgada y los demás ni sabían a dónde iban porque no había caminos.

De esta forma, una mañana, decenas de ellos comenzaron a sentir picores y a tener vómitos y diarreas, la culpa fue echada a lo insalubre del entorno y muchos morían. La realidad era otra. Sohij Oput Aeste los enfermó y probó el remedio en unos pocos, no era cuestión de gastar más de la cuenta, además del pánico que el mismo provocó en el resto de Put Omun Doeste, para aparecer después como salvador porque él tenía la solución, a cambio de un precio, claro está. Él sabía perfectamente que el resto no se enfermaría pero aun así les vendió el remedio.

Y no solo eso, llegó a manipular las posibles soluciones no de forma que ayudara a sanar, eso no importaba, sino de forma que las vendía incluso como placebos.

Llegó a tener más poder que nadie, económico, pero lo supo distribuir y aprovechar. Era plenamente consciente de que esto debía hacerse en la sombra, porque a la que se viera un atisbo del enorme poder que poseía, las cosas se terminarían.

Y nada cambió. Porque a los podían decir algo los entretenían con milongas y consumo, a los lejanos y silenciosos los alejaban y los silenciaban más, los que participaban en sus desmanes de una forma u otra eran premiados y los que no simplemente ignorados.

A cambio de poder y dinero, hicieron a la gente pensar que con lo poco que dura la vida ¿para qué complicarse? Esta lucha la han ganado, y la historia que se escribe no es la cierta, escribirán otra, sin embargo será la que nuestros hijos y nietos lean y aprendan.

Me pregunto ¿qué se puede hacer para no dejar en herencia una terrible y enorme mentira?

 

Pedro Cuéllar