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Literaria

Las casualidades y el destino

 

 

Dicen los que saben sobre el significado de los números que el cuatro simboliza el orden, la estabilidad, la practicidad, la mentalidad científica, el aprecio por los detalles… Yo no es que sea un creyente de esto, la realidad es que soy un escéptico de casi todo, pero ¿qué le voy a hacer? también soy curioso y aunque no me crea las cosas me gusta saber de ellas y sobre todo disfrutarlas, por ejemplo no soy creyente pero me gusta la parafernalia que rodea a una iglesia (sobre todo si tiene su historia), la calma y el misticismo que se respira y la grandiosidad en todos los aspectos: simbólicos, artísticos, incluso históricos, aunque todo sea un embuste.

Eso pasa con el numerito en cuestión. ¿Y por qué el cuatro? pues porque un día sin venir a cuento me fijé que palabras importantes tienen cuatro letras, incluso sus antónimos y no solo en hispano. Miren este ejemplo: a-m-o-r y su antónimo o-d-i-o, pero es que en ingles es igual: l-o-v-e y h-a-t-e. Después de ver esto me sorprendí y me dije: «Pedro esto es casualidad o es el destino».

Lo pensé.

Y como sé que tiendo a magnificar las cosas cuando las descubro no le di mucha importancia, porque también sé que me dura el suspiro de una beata, pero no me quedé conforme y tiré de escenas cotidianas para ver si vivimos en base a casualidades o es que en verdad todos tenemos un destino marcado.

No sé que será, pero si me encuentro a mi novia con otro en la cama y ella me dice: «no era nuestro destino estar juntos…», ¿se me pasaran las ganas de decirle dos o tres cosas?; ¿se me quitará la cara de tonto?; ¿se me caerán los cuerno o al menos se harán invisibles para evitar escarnios? y todo porque ella usó sabiamente su cuerpo y el léxico. En el momento que dijo «destino» todo se volvió trascendente y justificable, no es lo mismo estar en esa situación por una calentura pasional que estar cumpliendo con el mandato de la ley universal que nos marca nuestro destino.

Lo dicho.

Todas esas interrogantes se vuelven intrascendentes y fútiles si lo que interviene es el Destino (ya me asusté y lo puse con mayúsculas). Pero dando una vuelta de tuerca más me dije que esto es muy peligroso. Les explico el porqué. Se puede usar como la excusa más descarada y efectiva si realmente crees en eso. Ya no me refiero solo al caso de la novia infiel o la novia destinada, que aun siendo dos cosas diferentes el resultado fue el mismo.

Me estoy refiriendo a si el señor Presidente tuviera (y debiera) que comparecer y el juez lo arrincona, cosa sencilla por otra parte, y se deja caer con:

—«Sr. Juez, es el destino…». —Cara tiene para hacerlo, pero lo preocupante es si al Sr. Juez se le queda la misma cara que se me puso a mí con lo de la novia destinada o infiel, o suelta unas risas y lo mete en chirona por cómplice o por tonto, que ambas caben.

Mal asunto.

Muy malo, y se pone peor si tienes el dominio del fino arte de juntar al Destino con las casualidades. Se han dado casualidades históricas que pueden parecer increíbles, pero que son ciertas, por ejemplo las palabras claves del desembarco de Normandía eran: Utah, Omaha, Mulberry y Overlord, ser referían a las playas, la operación naval y la operación completa, pues bien unos días antes estas mismas palabras aparecieron juntas en el crucigramas del London Daily Telegraph, a punto estuvieron de parar el desembarco porque sospecharon de espionaje, pero no, fue una simple casualidad o ¿fue el Destino?

Creo que lo mejor es tomarse esto lo mismo que el que lee un libro de aventuras o de cualquier otro género, no te lo creas pero disfrútalo, porque no me quiero ni imaginar que a la pregunta de: «Y díganos Sr. Presidente ¿cómo es que todos los que ha nombrado usted están no solo imputados sino condenados por ROBAR y usted se va de rositas?» y al susodicho le diera por contestar:

—«Casualidades del destino». —Y repito, cara tiene para eso y más.

 

Pedro Cuéllar