Categories
Literaria

Los despropósitos legales

 

 

Se llama Ricardo Javier González y este sí puede meterme en la cárcel si digo algo indebido, es juez, concretamente en la Sala Segunda de la Audiencia Provincial de Navarra. Y digo que me meterá en la cárcel si digo algo indebido porque por lo visto no lo hará si hago algo indebido. A las pruebas me remito.

Debe tener alguna debilidad con los pobres violadores y abusadores, esos seres que nadie comprende y a los que todo el mundo critica duramente, ¡qué solos deben sentirse en esta sociedad que les pide la hoguera! Pero no se preocupen, siempre hay una luz al final del túnel y esa luz, aunque sea de cerilla, la ha encendido este hombre.

La luz en cuestión tiene que ver con el consentimiento, con la inquietud y la incomodidad.

No sé en qué libro de leyes ponen eso, ni en cuál ha estudiado este señor, pero una cosa tengo clara, según la R.A.E. consentimiento en una de sus acepciones dice: «Manifestación de voluntad, expresa o tácita, por la cual un sujeto se vincula jurídicamente».

Supongo que el señor Juez tiró de ley cuando piensa que la agredida expresó de alguna forma su consentimiento ya que no hizo nada cuando cuatro o cinco personas, más fuertes y decididas, la violaban en un espacio no muy apropiado para defenderse. Para este hombre el silencio implica consentimiento, la impotencia indefensa implica consentimiento, el querer morir por no saber qué hacer implica consentimiento, no llorar por no darles el gusto sádico implica consentimiento. Pues mire usted señor juez de digna toga y aristocrática barba. ¡NO!

Lo mismo que le digo ese «no» también se lo digo cuando absuelve a un «padre» de abusar de su hija porque la niña «no mostró signo alguno de encontrarse o sentirse incómoda, intranquila, inquieta o perturbada» palabras textuales.

¿En dónde se ha criado usted? A lo mejor en su mundo es correcto el abuso y no castigable en función de lo fuerte que grite la víctima. Eso es lo mismo  que preguntar a alguien en el patíbulo: «Si no quieres que te ejecuten prueba tu inocencia».

Esto es lo que usted haciendo, le está pidiendo a la victima que pruebe que no es culpable de ser violada o asaltada. Otra vez NO señor Juez, nadie tiene que demostrar que es inocente, es al revés, es usted el que debe demostrar que es culpable y si no puede demostrarlo, no tiene más remedio que dictar una sentencia de no culpable o de inocente.

¿Quiere un ejemplo? Se lo daré:

Imaginemos a un hombre normal, de tendencias heterosexuales, casado o no eso no viene al caso en la historia, pero supongamos que sí. Un día en su vuelta a casa es asaltado por un grupo que además de robarle, lo violan. Todos, uno por uno. El hombre la primera vez se sintió humillado y dolorido, realmente le dolió, sin embargo paulatinamente el cuerpo se le relajó y sin llegar a sentir placer, digamos que tampoco le dolía y en su mente aparcó la sensación de humillación. Cuando todo acabó lo dejaron solo y vivo.

Se lo he puesto a huevo ¿verdad? Según usted este hombre consintió y al final no mostró signos de rebelión y encima de todo, para confirmar la que va a ser una sentencia absolutoria, quedó vivo. Miel sobre hojuelas y a otra cosa.

¿Quiere saber cómo se miraba ese hombre al espejo después de ese trance? ¿quiere saber qué pensaba de sí mismo? ¿quiere saber cómo miraba a su esposa o a cualquiera del sexo opuesto?

No, no voy a desearle que sea violado para que lo sepa, tan solo le digo que en vez de ponerse en el pellejo del que asalta, se ponga en el de la asaltada.

El cuerpo está condicionado por reacciones químicas la cuales producen sensaciones que no podemos negar, a veces por autodefensa o por los motivos que sean, un acto de violencia puede ser visto y sentido de diferentes formas, eso es lo que usted está juzgando, pero se equivoca, eso solo lo puede juzgar y para sí mismo, la persona en cuestión, y, según los católicos, mahometanos o el que sea, el Dios que proceda.

¿Quién le dio esa potestad de nombrarse a sí mismo Dios? Lo que usted debe juzgar no son las sensaciones del agredido sino las intenciones del agresor. Esto es de primero de carrera.

Quítese la barba que le da dignidad, piense antes de decir nada porque hasta ahora, lo que ha dicho es indigno.

Aún no hemos llegado al punto del «ojo por ojo y diente por diente» y juro que no lo deseo, pero no sé, muy dentro de mí queda un regusto muy áspero y amargo. Quizá es porque soy de pueblo, extremeño para más señas, Villafranca de los Barros para más inri, y allí a la gente se les enseña, además de catar el buen tinto, a ser honesta y consecuente. Si esto pasa en mi pueblo en vez de en su Audiencia, la matanza de este año saldría cara, porque a estos que provocan «sensaciones» los tiramos a los cerdos y a los que las justifican también.

 

Pedro Cuéllar