Los ojos que ven lo que quieren ver

Esta mañana, una paloma comía cañamones entre los dedos de mis pies, la calle olía a basura sin recoger y yo, con lo poco que aprendí en la catequesis de mi primera comunión, rezaba. Comencé a deambular por las inútilmente amplias avenidas de esta dichosa ciudad para que la vida me sonriera, para que las amanecidas fueran más tiernas y menos fugaces que las anochecidas, porque así deberían ser las grandes ocasiones, esas que ponen hebras en las costuras y hacen que perdamos manos, ojos, piernas y dedos tan solo por un segundo más de sueño compartido, por acompañar historias y fantasías y adentrarse en un mundo en el que la música no hay que ponerla porque suena sola, ni los ojos envejecen, tan solo aprenden a mirar, ni las disculpas se dicen, solo se piden cuando la realidad te lía tanto que quieres pensar que ni la muerte es más perniciosa que un cartucho de churros y que la vida no es más que una eternidad al lado de alguien.

Estaba contento con estos pensamientos por mucho que las palomas se empeñaran en picotearme los dedos cuando un evento ocurrió ante mis propias narices. Dos señoras de edad suficiente como para mantener la compostura se pararon una frente a otra, debían conocerse porque las sonrisas que intercambiaron sonaban como goznes mal engrasados de una puerta antigua y sus manos golpeaban los hombros ajenos, para mí con más intención de derribar que para hacer un saludo, o al menos eso me parecía. Las dos hablaban a la vez y cuando esto ocurre se genera un acuerdo tácito en el que se prohíben las preguntas referidas a lo hablado, entre otras cosas porque ninguna tiene ni idea de lo que dijo y mucho menos de lo que dijo la otra. Cuando las permanentes de peluquería de barrio se van alisando, es el momento dictado por algún dios desconocido para detenerse y tomar un respiro, ambas saben que la primera que se recupere es la que tiene la ventaja. Esa fue la del abrigo de cuadros. Abrió el bolso, sacó un teléfono móvil y se lo plantó en las narices de la otra:

-Es un SVJC F.R.T. 201 con pantalla tetramultipixelada de 154 pulgadas… uy pulgadas no que pulga suena a pobreza y a miseria de la que no se come —todo esto lo decía mientras manipulaba con destreza y con un dedo tortuoso pero firme, en la pantalla esa que dijo.

—Mira es mi nieta, se parece a mi hija y como mi hija se parece a mí… pues eso.

La otra miraba con la sonrisa que dije antes, pero solo con un lado, el otro, creo que sin permiso de la señora, se bajaba en un claro síntoma de cabreo envidioso involuntario y por aquello de dar por allí, le contestó:

—Pues ya ves Rosarito, misterios de la vida, la niña es mona así que no sé yo donde están los parecidos.

Las palomas seguían con su cansino picoteo y de repente se me vino a la cabeza uno de los casos parasicológicos más misteriosos que conozco: «Los ojos que ven lo que quieren ver». Todos hemos pasado alguna vez por ese momento mágico e inexplicado, pero casi nadie se apercibe de ello porque esos momento son, como ya dije, mágicos.

Mil veces los hemos vivido, por ejemplo cuando vemos a alguien que no nos gusta ni un pelo y de pronto esa persona dice algo bueno de nosotros y nos sonríe y por ese extraño fenómeno misterioso del que hablamos antes, de pronto se convierte en miss universo ante nuestras narices y lo más curioso es que no le buscamos explicación, nos dejamos llevar como mansos corderitos. Lo malo de todo esto es que esas sensaciones son falsas, como todo lo mágico e ilusorio, y todo suele acabar con el suelo lleno de pedazos de desilusión y con el corazón lleno de pedazos de decepción y desconfianza, entonces es cuando tiramos de sonrisas falsas y sobre todo del sarcasmo, el que lo tenga. Al sarcasmo se le llama de muchas formas: ironía, sátira, retintín, pulla, epigrama y algunos nombres más que andan por las bocas y las letras. Tengo un buen amigo —él sabe de quién hablo— que lo utiliza, incluso en su diario, con una maestría innata, si acaso y por culpa de la educación que tiene, le criticaría la falta de maldad y el buen uso de las formas, porque el verdadero sarcasmo no las lleva, de hecho en una de sus definiciones lo dice así: «Dicho irónico y cruel con el que se ridiculiza, humilla o insulta», también circulan por distintos medios decenas de ellas, la mayoría dichas con retintín, aforismos más o menos avispados que nos ponen al día, como aquel periodista, lúcido donde los haya, que dijo: «Los chinos están tramando algo, se lo noto en la mirada», y se quedó tan pancho.

Yo, después de que las señoras se dieran lo suyo, continué con el cansino picoteo de las palomas y decidido a no pensar más me enfrasqué en la prensa, pero ni por esas pude escaparme, lo que leía era más aterrador que las señoras o los momentos parasicológicos. Decía el artículo en cuestión:

«El gobierno ha encontrado una nueva forma de paliar la crisis, hasta ahora todo eran recortes y subidas, pero algo inesperado ha ocurrido, un espabilado ministro escuchó de un primo médico información exclusiva y no tuvo reparos en transmitirle la idea al presidente, este, con el agudo ingenio que lo caracteriza no tardó en hacer una propuesta de ley». No decía más, así son las notas de prensa, te dejan un regusto de no enterarte de nada. Rebuscando por la red, por aquello de paliar la curiosidad pude reconstruir la noticia entera con retazos de aquí y allá. Resulta que el primo del ministro en el cumpleaños de la abuela común dijo que los humanos tenemos corrientes neuronales, exageró la cuestión creo yo que para presumir de título, pero no contó con que el avispado primo en cuanto escuchó la palabra «corriente» se le erizaron los pelos de la nuca. Pensó en el camino de vuelta:

—«Si le digo al presidente lo de la corriente, me apunto un tanto de los de época».

Dicho y hecho. La respuesta del susodicho, dado su avezado ingenio y espectacular astucia no desmereció:

—«No puede ser que los ciudadanos tengan corriente y no cumplan con el monopolio privado de la energía, esto hay que cobrarlo».

Y se pusieron manos a la obra para elaborar un propuesta que llevar al parlamento. Lo raro de todo esto es que la propuesta que llevaron no tenía nada que ver con el cobro de la energía, dada su mayoría, esta ya estaba aprobada, la propuesta trataba sobre dónde poner el contador a cada uno de los seres vivos que nos toca vivir aquí. Ellos proponían tras la oreja a modo de falso audífono. Ante esta locura, no quiero ni pensar si el ministro en su próxima reunión con el primo presumido escucha algo sobre la circulación de la sangre, lo mismo nos ponen señales en las venas y radares en la aorta que es por donde la sangre corre más. ¿Quién dijo crisis?

Aquí también hay ojos que ven lo que quieren ver porque saldrán de nuevo, digo yo que con razón porque los liberales y libertinos, que para el caso es lo mismo, dan mucho miedo.

De manera que me planteo si lo que quieren ver los ojos es plausible o no. Por cierto, «plausible» significa `digno de aplauso´ así que planteémonos si lo que quieren ver los ojos es «plausible» o simplemente «posible».  

Pedro Cuéllar