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Literaria

Los ruidosos silencios

Son varios y están muy bien definidos. Cuando digo que son varios no me refiero a que no sean los mismos, me estoy refiriendo a que se producen de formas distintas. Por mucho que difieran sus formas y fondos todos tienen algo en común: ninguno dice nada y por lo tanto ninguno deja ningún regusto en la boca ni en el ánimo. Todos se podrían haber evitado porque son intrascendentes y todos los «in…» que te puedas imaginar y quieras poner. Aunque no todos, tienen otra cosa en común: persiguen un objetivo, normalmente, uno que no nos gusta darle. Intentan convencernos de algo a través del enredo y la ofuscación.

No pondré autores, con la vergüenza ajena ya me vale, ahorraré la que puedan padecer ellos (aunque creo que será ninguna):

—«Pero lo más importante, Señorías, lo verdaderamente importante, es que vemos resultados de este nuevo marco y de la disposición de empresas y trabajadores a utilizar las posibilidades de flexibilidad interna que el mismo subyace…».

—«Amigas y amigos, yo les doy las gracias a todos los dirigentes, a todos los militantes, a los simpatizantes, interventores y apoderados. Gente que lo único que hacía era defender sus ideas. A lo mejor desde un sitio donde creía que lo que hacía no era demasiado útil. ¡Pues no! Cualquier cosa que haga, cualquier militante de cualquier partido político que crea en sus ideas, que las defienda y que no tenga más interés que el que las cosas vayan bien merece un respeto, y desde luego merece el agradecimiento de todos».

Como muestra un botón se suele decir. Esto son ruidosos silencios: ruidoso porque se le oye y silencio porque no dice nada.

Lo triste de todo esto no es la incultura que rezuma por cada poro del que habla, es darse cuenta de lo poco que le importa a esa persona el posible oyente y si ese oyente es el país… el silogismo es fácil.

Existe otro ruidoso silencio, a diferencia del anterior, este sí me preocupa, entre otras cosas porque no es dañino, al menos no en la intención, el resultado es otro cantar. Me refiero al que no se dice con las palabras sino con los ojos. Cuando la boca está diciendo lo que quiera decir, haciendo uno de sus trabajos, articular palabra una tras otra, da igual la coherencia o no que tengan porque no se oyen, lo que realmente resulta estruendoso hasta el punto de volverte sordo son los ojos. Son miradas que por mucho que queramos evitar no podemos, simplemente porque las oímos tan fuertes que taladran los cerebros y parece que tienen aprendidos los caminos porque van directas al sitio. La gente suele llamar a esto «hablar sin decir nada» yo no lo llamo así, no quiero, no me gusta… yo prefiero decir lo contrario: «lo dicen todo sin hablar», tan solo se trata de encontrar al interlocutor válido.

Lydia Cruz