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Literaria

No pisar el agua (parte 1)

Ahora, después de todo lo vivido, de haber perdido la pureza que te presta la ignorancia y de creerme en posesión de las llaves del mismo Infierno por pecar contra la sangre, me hago cruces beatas en la frente para buscar perdones divinos por el camino que en su momento recorrí. Nadie, el día del comienzo, se podía imaginar lo que sucedería después, cuando siendo aún casi una niña, imberbe de malicias, salí de casa aventada por madre.

Todo iba bien, hasta que el suelo del camino me pareció que estaba llenó de sardinas tiradas por aquí y allá, lo mismo que decía la copla que cantaba padre cada vez que bebía más de la cuenta; de hecho, se fue de este mundo con ella en los labios, susurrada y ahogada, pero audible. Al principio me fijé poco, porque Platerilla, cansada del inusual ajetreo no estaba por colaborar; pero me dio la impresión de que ninguna estaba fresca y mucho menos, ni luminosa ni apetecible, o quizá todo era producto del cansancio y de la incertidumbre por no saber el fin de este presuroso traslado.

La visión me quitaba el hambre que ya desde el comienzo, y no sé por qué, se empeñó en hacerse compañera de viaje nuestra. Más preocupada estaba yo por el desfallecimiento de mi burrita que por mí misma, a sabiendas de que a ella no le gustan los sabores salados y sí los terrosos. No es que la quisiera en demasía, que algo sí, me atormentaba el solo pensar que realmente se negara a dar un paso más y tuviera que cargar yo sola con todo lo servible y lo inservible que madre puso sobre sus diminutos lomos. Sin que yo lo quisiera, porque así deben ser las cosas de los sentires y las nostalgias, se me vinieron a la cabeza las palabras que dijo mientras me despedía desde el umbral de casa:

—«Hija, no rebañes mucho las alforjas que a tu tía le gusta recibir pábulos con las visitas y no te alejes del camino blanco, que por estas fechas no tiene mucho polvo y es el más derecho para un buen fin. Y cuando estés llegando, mira desde el otero y echa unas lágrimas por mí, como si fuera yo la que volviera.»

Y moqueaba por la llantina de tristeza que le noté en los ojillos de perdiz vieja que siempre tuvo desde que yo recuerde. Por miedo a que la tía me despidiera nada más llegar y quedarme con las ganas de ver el mar ese que decía madre, aguanté la gazuza y apresuré el paso de Platerilla sin tan siquiera echarle un ojo a las agüaeras llenas de Dios sabe qué cosas de las muchas que madre hacía.

Mi amiga, más que rebuznar, rezongaba cada vez que yo le insistía en la premura del paso. Siempre fue muy lasa y malcriada, y nunca me salieron las fuerzas ni las intenciones para educarla y regañarle, y ahora que compartimos penurias, menos.

La primera atardecida, entre el cansancio y las ganas contenidas de ponerme a rebuscar de forma impúdica en las alforjas, me entró por la nuca una congoja de angustia por no oler a mi madre. El olor que me venía creía yo que era de las sardinas desparramadas por el suelo; pero no, más tarde me enteré de que la que olía así, era esa masa enorme de agua negra por las noches, azul por las mañanas y verde por las tardes, que me quedaba del lado de la mano de comer, según iba. Al amanecer, después de un sueño trabado de cosas raras, seguía oliendo igual, pero a la vez diferente, como si se lavase la cara y se hubiera despabilado de las pesadumbres que trae una mala noche. Sin poder contener más a mi cuerpo y a lo mejor envidiosa de los ojillos de felicidad de Platerilla que masticaba hierbas como si fueran golosinas, metí mano en las alforjas y saqué lo primero que toqué. Resultó ser un pan de anís que madre solía hacer al fuego sobre una losa de piedra, comí un poco y lo devolví envuelto lo más compuesto que pude, resolví a duras penas una lucha con mis trenzas, alisé el vestido blanco, que según dijo madre «es el que más se ensucia, pero es de respeto al llegar, por aquello de la pureza», me eché sobre los hombros el gabán de lana y me dispuse a continuar.

Muy confiada debía estar en mí misma porque al principio caminé resuelta, Platerilla me seguía a ciegas, podía ser todo lo burra y testaruda que fuera pero, eso sí, creía en mí con devoción religiosa. De pronto me di cuenta de que estaba andando a tontas y a locas y me entró el miedo repentino del que se cree perdido. Mi amiga se paró a mi lado y sospechando algo, me miró de forma tierna y como preguntando, pero sin reproches, que es como hay que mirar en estas situaciones a los que se quieren. Para no preocuparla demasiado y darme un tiempo para pensar, le dije que íbamos a descansar un rato. No sé muy bien si se lo creyó porque aún no habíamos roto ni a respirar fuerte.

—«Cálmate Carmina —me decía para mis adentros—, este camino no lo recuerdas, señal de que al menos, no lo estás deshaciendo».

Tan ensimismada andaba en mis pensares que ni me asusté cuando una mano ajena me tocó el hombro, y debería haberme asustado porque excepto mi madre y algún que otro lametón pedigüeño de Platerilla, ningún otro ser vivo me había tocado nunca el cuerpo.

—«Señorita —me dijo el dueño de la mano— se la ve desvalida y aturrullada, ¿necesita ayuda?»

Me daba confianza la sonrisa que le pintaba la cara mientras hablaba y los muchos años que se le suponían. Vestía lo que después supe era como un uniforme: un pantalón gris que le quedaba por debajo de las rodillas, era de una tela extraña, nunca la vi antes, pensé que a lo mejor es que al faltar un hombre en casa había cosas que yo desconocía de ellos —¡bendita ignorancia!—. La camisa era de algodón y a rayas, sin cuellos ni almidones, y con unas mangas anchas que acaban en unas manos huesudas y rancias. Aún tenía pelo suficiente para presumir de años y un mirar raro, como el del que tiene a la cabeza pensando distinto de lo que le dice el cuerpo. El tiempo me dijo más tarde que esos son mirares peligrosos, mas en aquel entonces, entre la inocencia y el desamparo, no lo percibí.

Balbuciendo las palabras, le conté y le pedí ayuda, señal de miedo. Lo vi mil veces con Platerilla: cuando algo la asusta, se descompone hasta tal punto, que la muy tonta se acerca al peligro y le rebuzna clemencia.

—«Pues necesito llegar a Consuelos, mi madre me dijo que por el camino blanco, el que bordea el agua, llegaría en dos o tres días, pero me da el cuerpo que tanta agua me confunde».

Volvió a sonreír igual que antes.

—«Mar, señorita, se llama mar».

—«¿Qué?» —Debí parecerle tonta, o realmente lo fui, porque es de tontos que te den la respuesta y tú no te sepas la pregunta.

—«El agua, eso que usted dice “agua”, se llama mar».

Y volvió a sonreír, esta vez me dio que como burlándose o sintiéndose superior. Quizá la realidad fuera que yo me sentía de menos. Alguna vez lo hice en la escuela yo misma cuando, por algún motivo, yo me sabía respuestas que los demás no. Era ese tipo de risa.

Ignorante de mí, no supe ver las intenciones del hombre cuando en lugar de contestarme lo que seguramente sabía, me preguntó:

—«¿Para qué va usted a Consuelos?, allí solo hay tres casas mal contadas y una iglesia grande de antiguos jesuitas».

Y esta vez me lo dijo mi cuerpo, supongo que como a cualquier mocita de buen pensar, que se estremeció y arremolinó. Los mirares eran de cabezas acordes con el cuerpo. Le respondí sin mucho sentido, tartamudeando y mirando a Platerilla en señal de algún auxilio a todas luces imposible y descabellado de esperar. Creo que me salvó una frase de todas las que dije. Cuando la escuchó, le volvió el mirar confuso del principio y se calmó, desde entonces, supuse mágicas esas palabras —«y a conocer el mar»—, tanto es así que cada vez que la vida me metía en algún brete, yo las usaba sin tino ni concierto, con la esperanza de que me sacara del apuro.

—«Vas bien —me dijo con desgana y a mi parecer algo enfadado— sigue la linde del mar y aunque pienses que das vueltas, no te apures, son cosas de la ría».

De todo lo que dijo solo me enteré del «vas bien» y del «sigue la linde del mar». La verdad es que respiré con alivio cuando vi alejarse a su espalda en dirección contraria a la que yo llevaba. Qué razón tenía madre cuando me decía: «no hay mejor visión que ver andar la espalda de tu enemigo».

Pedro Cuéllar