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Literaria

No pisar el agua (parte 2)

Continué camino sin nada más que destacar salvo las nostalgias nocturnas; las tentaciones de las alforjas; las quejas de Platerilla y el dolor de pies. Al segundo o tercer día, ya perdí la cuenta porque dormía como los recién nacidos, sin hora ni medida, allí donde me entraba sueño o desesperanza, reconocí el otero al que se refería madre:

—«No tiene pérdida —me dijo— en la cocorota del cerro como si fuera un moño de vieja antigua, verás un olmo enorme, allí siempre huele a descanso de domingos. Si llegas de día, Consuelos, es como un brochazo de cal en el suelo y si es de noche oirás como si fuera de tormentas y verás unas pocas luces parpadeando. No te apures por el ruido, es el mar roncando contra el puerto.

—«¿El mar ronca?» —le dije.

—«Todas las noches sin descanso, hasta la mismísima amanecida, después se le ve hacer el mismo trabajo pero no se le oye tanto, así que debe estar despierta».

Era tal y como dijo ella, pero más que un brochazo se me hacía una salpicadura, de gotas blancas y luminosas, menos en el centro, allí destacaba un edifico grande y rojo que en medio de tanto albo parecía el rubor de una mocita. Platerilla me miraba preguntando el porqué de esa risa tonta y bailona que me entró.

—«¡Porque hemos llegado! tita Edu nos estará esperando, corre, deprisa, apura».

Me aprendí bien la lección al salir de casa:

—«No la llames “tita Eduvigis”, casi dos años estuvimos sin abrirnos la boca porque la llamé así delante de su primer novio. Con decirte que por bautizarla con ese nombre aún no le habla al abuelo ni después de muerto, le lleva flores, eso sí, pero no le dice ni pio».

No tardé mucho en encontrar la casa de mi tía. Debía estar esperando porque no le noté sorpresa, ni tristeza, ni alegría.

—«Tardaste mucho Minita, entra» —dijo sequerona.

Me parecía  a mí que hablaba como para que no se supieran las cosas en vez de para darlas a conocer, lo atribuí a mi turbulenta ignorancia y le hice caso a madre.

—«Haz lo que te diga, que a pesar de ser antipática, tiene buen juicio».

Sin prestarme ni un minuto de atención más de la necesaria se dirigió al vacío y gritó:

—«Augusto, descarga las alforjas y lleva la burra al corral antes de que llegue padre al puerto, a ver de qué humor viene hoy».

De no sé dónde, y como si fuera un aparecido de la Santa Compaña, salió un mozarrón de más o menos mi edad, mal encarado y de pelo largo y ensortijado. Ni respondió, ni me miró. Con paso desgarbado, agarró a Platerilla del bocado y la arrastró hacia las traseras de la casa. Se debió sentir dominada porque normalmente se resiste a esos envites, lo siguió con las orejas gachas y los ojos cerrados a la mitad en señal de sumisa aceptación. La comprendí porque yo hubiera hecho igual.

Como casi siempre madre tenía razón, tita Edu era antipática. No es que me tratara mal, es que lo hacía como si ya llevara meses o años en la casa y eso para un recién llegado no sé si es bueno. A mí no me gustó, acostumbrada a más mimos y carantoñas, me sentí extraña y a la vez, como si fuera ya del sitio a empujones.

—«Por tu culpa tendré que dejar de dormir con mi esposo, dormirás conmigo y él con Augusto, así que deja tus cosas en el cuarto y ven después».

Me entró un nudo en la garganta como el que tuve cuando fui por primera vez a la escuela, me escondí dentro de mí y le hice caso con un mísero «sí» como respuesta. Cuando volví, le dijo al muchacho que me llevara con él a recoger a padre. Igual que hizo antes con Platerilla, sin decir nada, me hizo una señal con la cabeza y le seguí como si hubiera tenido un bocado y me tirara de él. Andaba a zancos largos y rápidos tanto que cada cuatro o cinco pasos, tenía que correr para alcanzarlo y no perderme. No dijo esta boca es mía hasta que llegó a la arena y se paró.

Ese fue el momento en el que vi el mar por primera vez tan de cerca, me olvidé de todo y como poseída por un alma extraña, me quité las medias negras y me arremangué las faldas hasta la rodilla, vi como él me miraba la piel blanca, casi translúcida de mis piernas y me sentí desvirgada, así que creo que ese fue el momento en el que me enamoré de él, sin pensar siquiera en que éramos casi de la misma sangre. Hasta mis pies sintieron que el agua era salada y yo, desvergonzada, la seguía pisando, como cuando se quiere continuar un pecado.

Pedro Cuéllar