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Literaria

No pisar el agua (parte 3)

De esta forma y poco a poco, me fui metiendo en los diarios y los trajines. El olor del padre cada vez que llegaba a casa, se impregnó y afianzó de por vida en mi mente y con el tiempo fue decisivo en mi existencia, no por él, sino porque lo compartía con su hijo. Padre se llamaba Indalecio Trujillo y según tita Edu, era un mozo forastero por siempre, nunca se hizo del sitio. Se le contarían con los dedos de una mano las palabras innecesarias que dijo a lo largo de su vida. Madre me contó que siendo ellas casaderas y ya sin el luto de los hermanos, llegó un día al pueblo en un barco de provisiones que vendía especias de las Indias

—«Era como una pesca viva y misteriosa, no hablaba ni para pedir pan, sabíamos que era cristiano por la pinta, si lo hubiéramos tenido que deducir por el lenguaje más de una semana habríamos tardado, eso sí, alto y bien parecido, de haberlo visto el día en que subió al barco incluso hubiera dado buena impresión, ahora se le veía algo desarrapado pero limpio, señal del tiempo que llevaba embarcado y de alguna buena costumbre».

Se colocó de marinero raso en el barco del abuelo y se lo ganó.

—«Es trabajador y nunca miente» —decía el viejo.

—«Para mentir hay que decir algo» —respondía la abuela que no lo aceptaba, a lo mejor vislumbrando el futuro irremediable de su hija la mayor a la que siempre auguró un mejor futuro. Madre se quedaba un rato pensativa cada vez que se refería a tiempos pasados y suspiraba:

—«La pobre mama Elena se equivocó con los dos yernos, a ninguno de los dos los quiso, ni al Indalecio, ni a tu padre, siempre los comparaba con sus dos hijos, los que se tragó el mar una noche embravecida de rencores viejos. Hasta su muerte seguía diciendo que pronto la escribirían porque ni el barco ni ellos aparecieron nunca y según ella eso no cuenta como muerte, es como un descuido del destino».

Viendo a Augusto Trujillo, el hijo, veía la historia que contaba madre, pero la relacionaba conmigo, no con ella ni con la tía. Imagino que eran los soñares de una jovencita melindrosa con el primer hombre que la tuvo, aunque solo me mirara las piernas mientras pisaba el agua.

No creo que se me notaran en la cara mis pensamientos de dentro, él seguía insistente sin decir nada, llegué a pensar que le caí mal desde el principio, rezongón y taciturno, pero sin el mal encaro del principio. Me hacía sentir culpa porque mientras peor me trataba, más pensaba en él. Mejor me hubiera ido si aprovechando el maltrato, hubiera dejado de pisar el agua cada vez que me llevaba a la playa, siempre después de muchos ruegos y peticiones zalameras. Bien podía ir sola, que ya me aprendí el camino, pero tita Edu, inocente de que me ponía en manos del mismísimo demonio y a merced del pecado, le decía que me acompañara. Como me interesaba, me hacía la remolona y la quejosa adrede, aunque según supe después, a él esto le contrariaba y, ya callado de por sí, se encerraba aún más en sí mismo y menos decía. Tuve que aprender a leerle los ojos para no sentir que hablaba sola, así que a cada pregunta mía le seguía una mirada y ya me daba por contestada, claro está, la respuesta era a mi antojo. De esta forma fue como empecé una relación, con preguntas y respuestas siempre afirmativas, aunque para ser sincera, imaginadas por mi acalorada cabeza. Tanto me daba, mis pensamientos estaban dentro mía y, supongo, de él.

Con el tiempo, el edificio que parecía un rubor fue mi único refugio de tierra adentro. Resultó ser la iglesia que dijo el de los pensares raros. Estaba a cargo de un bizarro cura marinero, que las dos faenas hacía: Luis Alfredo Galán Hilschner, de su madre irlandesa sacó el rojo del pelo y las pecas, además de la rebeldía católica, y de su padre, un Galán de los de Consuelos de toda la vida, la afición marinera, aunque por Galán no los conocían, Piratas les decían en la comarca desde que se pierden los recuerdos. El pobre Luis Alfredo solo se libro del mote familiar cuando volvió del seminario ya hecho mozo y cura. A nadie, en su sano juicio, se le ocurría decirle Pirata a uno que habla latín, si acaso, a alguna vieja sí le oí:

—«Mientras más mayor, más se va pareciendo al Pirata viejo» —refiriéndose al abuelo.

A mí, sabedor de mis tribulaciones como confesor, me consolaba de marinero, pero me reñía de cura, al contrario que con el resto donde confundía los roles, se pasaba la jornada de pesca hablando de Dios y el sermón dominical de peces y de panes. Mi tía lo admiraba,  supe por madre que antes de que llegara Indalecio, estaba de amores con un Pirata tío de don Luis Alfredo.

—«Estaba loca por él, yo siempre supe que nunca llegarían a nada porque eran amores de lágrimas, se pasaba las noches lloriqueando y se levantaba con los ojos como si viniera de fiestas».

La tía, cada vez que salía el cura en la conversación, decía que era medio santo y sabio a más no poder.

—«Es increíble verlo reír mientras dice la misa en latín, lo nunca visto, ni el obispo es capaz de eso» —Y se persignaba con una devoción de beata fiel que impresionaba. Eso lo decía porque para ella reírse era una acto que se pensaba, de ahí su extrañeza de que pudiera hablar latín al mismo tiempo, nunca la pudimos sacar de esas.

—«¿Quién se va a reír sin pensarlo tal y como están las cosas?» —Y se besaba los dedos cruzándolos. Reconocí este gesto como una de las muchas confabulaciones con los destinos inciertos que madre usaba para bendecir algo o para llevar razón, así que supuse que serían cosas de familia vieja.

Para mí don Luis Alfredo más que un confesor fue un amigo. Cuando le conté de mi relación con los olores del mar, desde el de las sardinas tiradas por el suelo, hasta el de Augusto cuando llega de faenar, me dijo:

«Pues eso no es nada Minita —y gesticulaba, y sonreía como el que no tiene deudas con la conciencia— si no fueras mujer, podrías probar y nunca se te olvidarían, los que hay en alta mar después de recoger las redes. Ni en el puerto separando la morralla, se le parece, pero no es lo mismo». —Y seguía sonriendo con la misma ilusión de un niño cuando cuenta un secreto.

Tanto me lo repetía que llegó a parecerme que presumía de eso, así que poco a poco se me fue metiendo en la cabeza la idea de ser la primera en subirse a uno para faenar.

Casi me mata a palos tita Edu cuando lo comenté de pasada un domingo después de misa, si no hubiera sido por mi hombre que sabedor de la locura que yo había dicho, se adelantó silencioso y se interpuso entre las dos. ¿Cómo no iba a quererlo?

—«Ya me lo tendría que haber imaginado, sales a tu madre, que hablaba con las orejas y escuchaba con la boca, además de descarada y de pensamientos desparramados». —Y levantaba la mano con el parasol doloso delante de Augusto que no se inmutó hasta que me vio fuera del peligro de la tollina que se me venía encima.

Algo de culpa tenía él de que no se me fueran las intenciones de la cabeza ni con las amenazas de la tía, y como tampoco decía nada me supuse que no le importaba, incluso que lo aceptaba. Se lo pregunté mil veces cuando iba a recogerlo al puerto por las tardes. Lo convencí para que volviéramos por la playa dando un rodeo y a la segunda o tercera vez le di lo que quería, me quité las medias, me arremangué y le dejé mirar a su antojo, él andaba por la arena y yo pisaba el agua, dejando hacer a mi primer pecado.

—«Puedo hacer los almuerzos y repasar las redes, lo único que no haría sería cargar con pesos, hasta que me haga de fuerzas, después también eso». —Y lo miraba a ver que decían sus ojos. No voy a decir que siempre decían que sí, pero tampoco que no.

 

Pedro Cuéllar