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Literaria

Un viaje a la memoria

 

Cuando la conocí vivía en una especie de museo del colesterol, sus padres tenían una tienda de embutidos de elaboración propia y allí había de todo: carne seca que aún te miraba con los ojitos tristes que tienen los chanchos de pelo blanco; salame de año tras año; chorizo parrillero de Fighiera con el enfado histórico de Santa Fe; carne cruda que respiraba y en una esquina de la exposición, un ganchito que debería contener cualquier cosa menos la que sujetaba: una hoja de libreta vieja, amarillenta y pintada con lapiceros de colores, había lo que debía ser un pollito y un corazón con un nombre atravesado por una flecha doliente.

El nombre estaba borroso y aunque se hubiera podido leer, estoy seguro que a ella ya no la emocionaba, quizá el recuerdo, si es que acaso existía, pero poco más. Sin embargo sí la emocionó, hasta el punto de llorar, unas líneas que estaban torcidas y mal caligrafiadas,
Decían:
«Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Yo lo quise, y a veces, el también me quiso», cambió el género, para Neruda era un hombre el que lo decía, para ella no. Usó las palabras y sentir de Neftalí y se las aplicó a ella misma, así que donde decía «… yo la quise, y a veces, ella también me quiso», terminó siendo lo que estaba escrito.

Con las remembranzas se le aligeró la boca y entre sonrisas que parecían ajenas me decía que en Ataliva se hizo mujer. Sus padres la llevaron a un concurso de chorizos, decía que en aquellos entonces se podía vestir no para tapar el cuerpo sino para enseñarlo y el dueño del corazón flechado se hizo dueño de sus labios y de su piel blanca, el paisaje que toda chica desea para este lance no paso de ser el secadero de morcillas y salazones, quizá por eso su recuerdo no es dulce, es salado y seco.

Cuando se arrepintió de todo ya era tarde, el pollito que ella misma crió y el nombre de aquel tipo ya se habían ido, en el papel colgado del ganchito de la esquina solo quedaba vivo el verso cambiado de Neruda.
Y me fui del recuerdo.

Muchas veces maldiciendo por la cobardía, otras bendiciendo por la existencia y todas agradeciendo. Dolía que un sitio así siempre estuviera impregnado del abuso de los bigotes tiesos, de las muertes protestonas y de los engaños descarados, pero ¿qué se puede hacer? este es un sitio que sobrevive gracias a la dulce mentira que se manifiesta incluso en la cadencia de su habla.
El día que la conocí todo olía a recuerdo antiguo, se veía cálido por la luz de la media tarde y en algún radiocasete se oía lejano y triste el «Te recuerdo Amanda» de Víctor Jara.

 

Pedro Cuéllar